¿Quién porta el saber?

Por Guillermo Garcia*

Los conocimientos se fueron corriendo  de los lugares tradicionales donde se alojaban. El saber ya no es exclusividad del libro. Entender que el territorio digital ocupa ese espacio, es pensar en un paradigma educativo  que incluya las habilidades signadas en saber  utilizar a la tecnología como recurso y paralelamente aprender a discernir y mensurar su impacto.

Recuerdo con amor y un dejo de nostalgia, aquellos días, que promediaban la década del  ’90, donde para desasnarme sobre la acepción de un vocablo,  incurría de forma regular y perentoria a un objeto que pesaba más de 2 kg, su color era negro, su tapa dura y un lomo que se iluminaba con letras blancas, donde se leía la palabra Espasa,  haciendo referencia a su editorial. Nunca pensé, desde las más variadas elucubraciones que ese diccionario que cuidaba más que a la cervical y a la ergonomía de mi cuerpo al manipularlo, y que  aún atesoro, iba a dejar de ocupar el centralismo de mi vida cotidiana.

 A veces, en esos espacios que el ser sintiente necesita, y se los hace para observar, interpelar, y aquietar la mente, emerge y a modo de pensamiento borgeano, me pregunto, cuándo habrá sido el día, sin saberlo que sería el último, en abrirlo, y qué  pensaría ese libro que me formó desde la lecto-escritura y fue testigo en todos mis ciclos educativos, cuando entre gallos y media noche, sin despedirlo, decidí cerrarlo por última vez y retirarle su carácter de omnisciente. Habrá pensado como una madre, que ve crecer a sus hijos y se reconoce en el brillo de sus alas o, tal vez,  como aquel padre, que solo estuvo para saciar la necesidad y no establecer un vínculo afectivo, o quizás como un abuelo, que sólo espera que algún día, al menos por  un rato, lo acaricien en su visita.

Lo invisible educa

La anacrónica autoconsulta, remite al ritual de buscar el libro, entre los libros, explorarlo hasta encontrar la sección o capítulo y luego rastrear con una lectura minuciosa el párrafo donde se alojaba el tema o concepto buscado. En esa sostenida práctica sin sospecharlo se  aprendía mucho más de lo que se buscaba. En palabras de  Cristian Cobo, “[…] es posible plantear que lo invisible no es lo que no existe, sino aquello que no es posible observar. Por tanto, una característica distintiva de lo “invisible” es la imposibilidad de registrarlo con nuestros ojos”. A partir de esta definición,  puedo afirmar que ese acto de incesante búsqueda, acredita e  inscribe, a  la templanza, frustración, celeridad, análisis y reflexión, como aristas fundantes para muscular las habilidades cognitivas, emocionales y subjetivas que definen a cada persona a partir de la realización de un acto determinado.

Asimismo,   con el advenimiento de la tecnología, el territorio digital  ha sabido reemplazar al libro como recurso exclusivo del saber. En efecto, dicha descentralización, como lo plantea Martín Barbero, se ha acrecentado en las últimas décadas, transformando la manera de incorporar información y producir conocimiento. 

Por consecuencia, los sistemas educativos que conocimos hasta hace un tiempo no tan lejano,  coexisten con otras plataformas que circulan y suministran saberes. Pensar a la educación hoy, es interpretarla con los soportes tecnológicos que ya conviven en todos los ámbitos sociales y en donde los  aprendizajes invisibles, -que se incorporan de forma involuntaria y van moldeando la construcción social del sujeto a partir del ejercicio de la exploración-, que hoy vemos con distancia y desasosiego, son los que la educación moderna necesita recuperar y estimular para fomentar el desarrollo del acto creativo,  potenciar el pensamiento libre, y generar la capacidad de discernimiento entre los niños. ¿Está la escuela preparada para propulsar las habilidades del alumno y darle un rol activo?

Habilidades o falta de competencia

La tecnología supo  ocupar un lugar de relevancia al momento de la formación y adquisición de saberes. Darle un buen uso en virtud de la búsqueda del conocimiento es el desafío que debemos plantearnos.

Frecuentemente,  escuchamos a Padres decir, mi hijo de 5 años maneja la tecnología mejor que nosotros, dándole de este modo un poder superior, un lugar de privilegio, ante el uso y comprensión de la tecnología que se utiliza. Antes estas nuevas  configuraciones de lo que se considera como habilidad, es menester enfatizar la distinción que plantea David Buckingham sobre las dos habilidades que se presentan en paralelo, la habilidad instrumental,  a toda aquella destreza o habilidad signada por el uso, comprensión, manejo y utilización de la tecnología. Eso es lo que ven los Padres, ante el fácil manejo del territorio digital de parte de sus hijos. Mientras que adolecen de la  habilidad reflexiva, la que más nos  debería importar en materia de educación, es la que carece  ese niño. Dado a su etapa de desarrollo,  no tiene la capacidad intelectual suficiente  para medir el impacto negativo de los contenidos que está consumiendo. De modo, que no tienen la capacidad de poder mensurar con límites, el saber con respecto a la hipersegmentación de contenidos vacíos, que terminan adquiriendo durante la búsqueda. En efecto,  los perjuicios futuros serán de alto riesgo en lo concerniente a comprensión, reflexión de textos, análisis del discurso y creación de una sintaxis. ¿Con qué habilidad real pensamos que  estamos dotando  a  nuestros niños?

Pérdida de recursos interpretativos

Vivimos a un clic de la información, la inmediatez con la que responde la tecnología  es la característica distintiva. El Googlear, tonificado por la IA, se presenta  como fenómeno de época, todas las decisiones e interrogantes que atraviesa el día de una persona está signado por esa herramienta, todo pasa por allí. Convirtiendo la relación en una dependencia cuasi adictiva.  El proceso que antes veíamos como ritual, hoy ya no existe. Las consecuencias de esa pérdida, son como en la cadena trófica,  cuando se extinguen predadores esenciales para sostener la biodiversidad, trayendo como  consecuencia, el  avance del cambio climático. Esta simple analogía denota las habilidades y aprendizajes que comienzan a atrofiarse a raíz de la delegación de funciones por falta de estímulos en la cotidianeidad de la  práctica. 

Las consecuencias que se avizoran,  en pos de esa pérdida, son niños cada vez más automatizados, alejados de construir lazos sociales por fuera del mundo virtual, con ausencia o postergación del deseo, conductas estereotipadas que persiguen el fin de agradar a sus pares  para ser aceptados, modificación de los valores, y la imposibilidad de transitar el tiempo que conlleva adquirir un aprendizaje.

No es lo mismo tener información que darle lugar a la experiencia. Diferenciar una señal de pare, de una valla que impide el paso, es para lo que la práctica nos prepara. 

Tengo la creciente impresión que una sociedad que no tiene entrenada el ejercicio de la astucia y exploración,  es un riesgo para el futuro. 

Acompañamiento responsable

El acompañamiento de las familias en la instancia de participación de los niños en el terreno digital es vital en la etapa de desarrollo. Pensar que saber manipular una red de plataformas los exonera de los daños que pueden propinarle, es un error. La compañía requiere un trabajo, una inversión de tiempo, un tiempo que muchas veces dado a las condiciones económicas actuales, se lo destina al  pluriempleo, con la finalidad de cubrir las necesidades básicas, y ese tiempo tan necesario, no aparece y si lo hace, su cualidad lo convierte en evanescente. La supervisión constante y progresiva es la responsabilidad que compete a los Padres. No son los niños  quienes alcancen  discernir   el contenido “muerto”, de bajo valor pedagógico, de los contenidos con sustancia y aprovechamiento educativo. Cederles la responsabilidad a los más pequeños es delegar la función parental. ¿Se podrá pensar la autoregulación, sino existe la figura de un adulto que lo vaya acompañando y previniendo de los posibles riesgos que aparecen en forma de contenidos?

Todas las invenciones, más allá de la época en las que ocurrieron, marcaron un hito en la historia y desarrollo de la sociedad. A diferencia de la invención del fuego, la energía eléctrica,  los barcos y trenes a vapor, la imprenta, como los significativos; ésta tecnología, rectangular, de bolsillo,  ionizada,  y que funciona como un segundo apéndice de nuestro organismo, necesita fervientemente saberse administrarse, más aún cuando de niños se trata su manejo y utilización. Ese teléfono que dista de usarse como tal, se presenta ante el niño  como un televisor portátil, con infinitos canales, múltiples contenidos, y material hiperestimulante,  al sólo fin de ir configurando su conducta, moldeando su deseo,  y potenciando su hábito consumista. El deseo de ese niño, atravesado por la hiperconectividad, circulará integrado al proceso productivo y en el futuro, ya en su vida adulta, integrará   una legión sometida, que se desarrollará en el mundo planteado por los creadores de estas plataformas. En un  entorno estéril, vacío, individualista, y cada vez más alejado de su soberanía cognitiva.

Pensar en habilidades, no significa poner los botines o las rodilleras, y estimularlos a que ganen un trofeo.  Es dotarlos de herramientas psicológicas, emocionales y prepararlos para una vida adulta, donde predomine el proyecto de vida,  la sensibilidad social, el cuidado por el ambiente, el respeto a los mayores y la gratificación hacia quiénes lo educaron. Educar es sembrar, y acompañar esa espera, es clave para ver como esos brotes van iluminando el horizonte para la construcción de  una  sociedad más justa,  inclusiva, solidaria y soberana.

*Licenciado en Comunicación Social

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