Por Guillermo Gerardo García (@guilleggarcia)

(Licenciado en Comunicación Social)

La causa de una sociedad ,cada vez más personalista, fragmentada,  y dónde la pérdida del otro aparece como rasgo constitutivo del entramado social, ¿Se debe, al uso transversal que se le da al aparato telefónico,  el cuál incentiva mediante sus variadas aplicaciones,  a la pérdida de  los valores que  definen a una  población?

Hace un tiempo,  viví una situación que se manifestó en un colectivo  urbano de pasajeros de la ciudad de Rosario. Razón por la cual me hizo reflexionar sobre los valores que ya no abundan en las grandes ciudades. Las luces, los sonidos, el cemento,  y  no saludar a un desconocido, se presenta como un  idioma común. Todo lo que brinda la ciudad en materia de respeto hacia un desconocido, es campo de estudio y paralelamente, de asombro.

Con varias suelas gastadas y una piel curtida por el urbanismo, ésta me envuelve y me hace testigo, desde la última línea de cinco asientos de un colectivo  repleto.  La persona que está a mi lado,  llama con una voz grave y un tono severo a un pasajero, mi  percepción fue pensar que llamaba a un conocido. Error. Era a  alguien que denotaba un perpetuo cansancio,  su rostro sin sonrisa, redonda, cubierta de  fastidio, se empezó a acercar. Estaba embarazada, a su panza no le quedaba mucho tiempo. Se sienta a mi lado, le pido disculpas por no haber sido yo quién la vio antes, y le pregunto, ¿Nadie te ofreció el asiento?  Su lacónica respuesta expresa su disconformidad. No. ¿Qué pensaría ella sobre el mundo que le espera afrontar a su retoño, cuando pierda el confort que le brinda esa cálida panza?  

Nadie vio a una embarazada a punto de parir. Desde el  foro  íntimo,  me pregunto,  ¿Qué  pasó con  los pasajeros que no advirtieron la innata necesidad de esa mujer, por sentarse?

Comienzo a observar, a partir de su desasosiego,  el cúmulo de masa humana que me rodeaba, sin exagerada excepción, todos, estaban “hipnotizados” con su mirada puesta en las chimeneas con vidrio , sostenidas por   sus manos.  Sus dactilares se movían al ritmo de las ruedas que nos transportaban, sus caras signadas por el cansancio de la jornada laboral eran indiferentes a lo que la pantalla intentaba estimular. Sin embargo, hasta dónde la vista me  permitió, cada persona se  reflejaba en su móvil. 

Reemplazo del  otro , como sujeto. 

Eric Sadin, en su libro, La vida espectral, afirma “que los smartphone no constituyen en modo alguno una prolongación de nuestro cuerpo, porque no estamos frente a un fenómeno de incorporación sino a uno de circulación entre estos dos”. A partir de este concepto, se puede interpretar que el deseo pulsional de la persona circulará de forma perpetua con lo que el aparato le ofrezca, forjando  un vínculo cada vez más dependiente y recíproco. Constituyendo  un entramado, a priori,  indisoluble, dónde ese otro de carne y hueso vital para la construcción subjetiva, desaparece o mejor dicho se presenta pixelado, y predispuesto a acompañar el aislamiento y la angustia, que operan de forma invisible en las personas. Vivir conectados, nos aleja de la realidad que se manifiesta  en el compartir   con un otro presente. El desinterés por ese otro, aparece como fenómeno de época. La empatía  fagocitada por el individualismo que plantean los tecnócratas diseñadores de  algoritmos y el insaciable capitalismo, muchas veces, son los responsables de que  las personas se alejen  de los valores que definen la constitución de una sociedad sana.  ¿Cómo te imaginas los años que se vienen, cuando hoy,  ya no sentís el rose de un pasajero?

Adoración por lo efímero.

Las tropas  de fantasmas que hoy iluminan, suenan, vibran y permanecen gran tiempo en nuestras manos, fueron año a año, moldeando el carácter, los gustos y el tiempo de cada uno de nosotros.  Las necesidades, muchas veces solapadas o eludidas por el flujo obsceno de información infinita, que invade las trincheras  donde se pelea por   el deseo, por lo esencial de la vida  y por quienes queremos ser, fueron derrotadas con absoluto éxito.

Lo real fue dándole paso a la tecnificación, donde la experiencia de ver un amanecer, sumergirse a  los diversos olores, observar la mutación del color del cielo, sentir los primeros rayos de sol,   fue reemplazada por pixeles que te muestran  los mejores crepúsculos,  las mejores playas, lagos, montañas y todo aquello que resuene con lo precioso.  En este sentido, Byung Chul Han, plantea, en su libro, Salvación de lo bello,   “Lo pulido y terso,  se amolda al observador, le saca un me gusta. Lo único que quiere es agradar y no derrumbar”. A partir de esta consideración, se puede afirmar que la exigencia y el rigor por la perfección, navegan   por el  torrente sanguíneo de nuestro cuerpo, lo satinan, al punto de que la falta tan necesaria para proyectar el deseo, deja de existir. Nos presentamos ante la mirada externa como seres perfectos, impolutos, haciendo de la felicidad una apología,  dónde se esconde la propia y sintomática miseria. La necesidad de habitar en la subjetividad externa, y ser validado a través de un “me gusta”,  es lo que motoriza adictivamente a formar parte de una comunidad virtual, que despoja todo aquel valor natural de respeto hacia el otro, acicalando a  las personas a que formen parte de un  ecosistema de pertenencia y validación constante, al punto de “hacerle”   sacar una foto, a un plato de comida y subirlo al mundo, para luego esperar que alguien, no importa quién, quizás en otro continente,  diga, Wow  ¿Nos preguntamos, para qué mostramos una foto?

La monetización como valor.

Los valores  sufren una conversión. Todo hace presagiar que la empatía y respeto, fueron reemplazados por la indiferencia y pérdida de registro por el otro. Estos últimos, constitutivos del nuevo tejido social. Los sujetos se han convertido en mercancías. Se interesan por el otro a partir de saciar una necesidad personal, a la que se reduce en muchos casos, a dos caminos: el no estar solos, lo cual permite poder compartir con ese alguien que no se termina registrando, con el sólo fin, de eludir su soledad. El restante refiere, a  que el otro se haga eco de mí necesidad.  Lo pasivo se presenta como fenómeno, la escucha dejó de ser activa,  ya no es para reflexionar y repreguntar, sino para que a continuación se pueda hablar, y ser protagonistas de la historia. ¿Cómo estás? aparece como cliché, como formalismo. Lo real, se diluye en lo  efímero. La vergüenza como emoción formadora de la personalidad, dejó de serlo, todo da igual.  Con la intención de poder “vender” nuestra necesidad, dejó de importar el proceso de interacción social que enriquece a las personas, dando lugar a lo abreviado del encuentro, cuya finalidad está tomada por el egoísmo y la individualidad.  Estas nuevas características del entramado social y colectivo, diagraman una sociedad cada vez más perversa, injusta y alejada de cualquier fundamento moral, social y gregario, principios que  definieron a las comunidades primitivas,  para  el armado  y expansión  de los pueblos y sus culturas.  Recuperar  esos valores es poner en juego la empatía, solidaridad y amor por el otro, la antinomia de lo que se propone a través de la perpetua conducta que se manifiesta en relación a las redes sociales virtuales.

                                                                          

                                                                            

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