Las despedidas son esos dolores dulces
*Crónica por Maca Rosa
*Fotografía: Damian Troncoso
Intento escribir sin llorar. Desde el viernes 5 de junio hay una sensación de intemperie que golpea en oleadas mi estado de ánimo ya maltrecho. Hay un consuelo, bobo quizás, en el sentimiento compartido de miles, me atrevo a decir millones que lloramos al Indio desde ese día. Me pregunto por qué me pega tan fuerte, si yo no seguí la masividad de la banda cuando explotó a inicios de los 90, al calor del menemismo con su 1 a 1 y la pizza con champán mientas rifaba las joyas de la abuela de una Argentina que soñó ser industrial.
Entonces como en un loop me veo sentada en la habitación de mi compañera de colegio, teníamos trece años, íbamos al Enspa de Avellaneda, ella vivía a unas cuadas de la estación de tren en una de esas casas de madera al estilo del barrio de La Boca, una especie de conventillo con un patio enorme en el centro. Yo era muy tímida, ella más extrovertida. Me contó que iba a bailar y que en los boliches a veces tocaban bandas, a ella le encantaba Virus, en su habitación llena de posters, fotos y souvenirs me llamó la atención un cartel impreso en hoja tamaño A4 pegado en un ropero color rosa que decía “Patricio Rey y sus redonditos de Ricota” sábado 17 de julio. Cemento. Había además un par de dibujos raros para mí. Recuerdo mi extrañeza, jamás había escuchado nada de un tal Patricio Rey, el nombre y lo de redonditos de Ricota me pareció ridículo y gracioso, le pregunté a mi compañera quienes eran y me dijo “una banda de música que está re buena”. Era 1985.
Años más tarde, tendría unos 16 o 17 fuimos con mi hermana al miniestadio de Quilmes, ya éramos dos pibitas llamativas, medio jiponas, muy naif pero audaces, nunca teníamos plata para nada y tampoco mucha vergüenza. Le rogamos al tipo de la entrada que nos dejara pasar, le hicimos caritas, mohines, risitas nerviosas, la sensualidad ingenua que podíamos desplegar como último recurso, hasta que el tipo aflojó y después de dos o tres temas nos dejó pasar. Otra vez la sensación embriagadora de ver algo nuevo en esa edad iniciática, una banda potente arriba del escenario y una manada de chabones abajo, porque eran todos chabones, poseídos por una energía que los hacia empujarse, saltar y moverse como nunca había visto. Había energía ahí, mucha testosterona, rabia explosiva, una potencia juvenil que se desbordaba de las ataduras de una dictadura reciente. En un momento fuimos arrastradas a esa marea de pibes hasta quedar atrapadas en el medio del primer pogo de mi vida del cual no conocía ni su nombre, con tanta mala suerte que perdí una de mis alpargatas en medio de la batahola, estaba claro que yo no era de ahí, ir en alpargatas a un recital ricotero era desconocer ese mundo. Hubo en el show una sucesión de temas potentes, una experiencia absolutamente nueva, Patrico Rey, el del cartel en la habitación del conventillo empezó a tomar forma.
El regreso a casa descalza de un pie y de madrugada en un bondi que nos dejaba a diez cuadras casi no lo recuerdo. Debe haber sido difícil, no sé, quizás me quedaron las marcas, esas que me hicieron regresar ayer casi cuarenta años después.
Avellaneda es el lugar de la despedida del Indio, Es mi casa, mi ciudad, esa que dejé hace mucho para irme lejos, pero en la que viví mi adolescencia, ese tiempo que te moldea imperfecto pero te hace persona.
Avellaneda pertenece a lo que se conoce como el primer cordón del conurbano, unida o separada por un puente de La Capital, recostada a la vera del riachuelo, en sus márgenes supo haber pantanos e islas y hasta hace pocos años aún existían zonas que solo podían cruzarse en bote. Una ciudad que fue industrial, enclave de grandes frigoríficos y curtiembres y cuna de ilustres personalidades, como Azucena Villaflor, la fundadora de Madres de Plaza de Mayo. La ciudad cambió su nombre original, que era Barracasal Sur, por la del expresidente Nicólas Avellaneda, también cambió de nombre la estación, que después de la masacre conocida como la del Puente Pueyrredon pasó a llamarse Kosteki y Santillán.
A la ciudad la atraviesa una avenida principal que se llama Mitre, antiguamente La calle larga y limita al Norte con CABA conectada por el Puente Pueyrredón; con los partidos de Lanus al Oeste, Quilmes al sur y al Este el Rio de la Plata.

Ahí en esa calle larga ayer hicieron cola por más de diez kilómetros miles, cientos de miles, más de un millón de personas dicen algunos. La ciudad fue elegida luego de ser negado el Congreso o la biblioteca nacional por el gobierno libertario. Hubo negociaciones arduas, nerviosismo y la clara intención del gobierno de deshacerse de semejante evento multitudinario y popular, imprevisible e ingobernable. Apareció de nuevo el fantasma de quien es el dueño de la calle. Lejos de la frase “zurdos van a correr”, la muerte del Indio se convirtió en una papa caliente que el Mileísmo temió y eligió esquivar.


Aparece entonces Avellaneda, ofrecida por la figura de Ferraresi con Kicillof detrás y el acuerdo de Máximo Kirchner, y se evidencia que lo que la política no puedo unir en este tiempo libertario lo logró, momentánemente, la muerte de un ídolo popular.
Llegamos al funeral desde el sur, en una decisión de viajar intempestiva pero visceral, no había una sola condición dada para hacerlo, no había plata, ni tiempo, cientos de kilomentros, ni siquiera salud física, pero sí la coherencia de saberse parte de esa legión de rotos y descosidos y la necesidad de ser parte de esa última misa ricotera con el ídolo allí, esperando ser venerado hasta el final.
El día frio de junio y la amenaza de lluvia persistente fueron decorado útil para no dejar nunca la tristeza a un lado, para qué dejarla, si estos días son de duelo colectivo, entonces vamos a fondo. Por suerte no estoy sola, mi familia y los que duélanos somos uno. En esta caravana podés hablar con cualquiera, llorar y ver llorar, abrazarte con un desconocido y si alguien te ve flaquear nace el abrazo, ser convidada con un trago del pico o una seca si fumás. Escoltada por mi familia y cientos de personas más rodeamos el parque dominico por detrás, donde está la estación del tren eléctrico. Mientras avanzamos, se va armando la procesión de gente, se despliegan a los costados de las calles una multitud de puestos ambulantes, desde choripanes y hamburguesas, hasta huevos, whisky, encendedores, vasos de fernet, latas de cervezas, remeras, vinchas y demás. En las casas vecinas hay baños para mujeres por 2 mil pesos y otros baños, mas baratos, dudosos, por mil. La muerte del ídolo y la tristeza colectiva no inhabilita a buscar el mango y hacerse el día. Después de todo las misas ricoteras y las demás expresiones masivas y populares no han dejado de mostrar esto. La necesidad de subsistir en una argentina rota desde hace mucho tiempo, la posibilidad de unir la fiesta con la changuita de algún peso en el bolsillo.


Seguimos avanzando hasta desembocar en la Av. Mitre, la calle larga, ahí siento que llegué a algún lugar otra vez, me abraza la multitud, hay banderas, hay bengalas, la fila es interminable, hay bomberos y policías. A cada rato estalla una canción y la coreamos todos, saltando los que pueden y acompañando con las manos en alto, con la garganta hecha un nudo, con el hilo de voz que nos quede vamos los demás. Quien tiene una bandera la agita y el que puede se abraza con el que tiene a mano. La gente de seguridad de la organización es amable, creo que tienen bajada la consigna de respetar el dolor que traemos, ellos también lo tienen. Pero se nota la intencionalidad de reparar al menos hoy, tanta herida abierta en estos últimos años, tanta pedagogía de la crueldad desplegada.

Acá están, los y las veo, son familias y gente sola. Hay jóvenes y viejos, treintañeros, amas de casa, albañiles, docentes, profesionales, rotos y descosidos, estoy yo, rota y cosida.
Una comunicadora dijo que se veía en la multitud a la clase media urbana mayoritariamente, yo creo que no, creo que acá es difícil discernir eso. Difícil analizar en crudo, en caliente, seguro más adelante saldrán, como se dijo por ahí, análisis sesudos, académicos o literarios más profundos. Ayer vi multitudes variadas, heterogéneas, indescifrables, quien dice que allí no hubo gente que habrá votado a Milei, ultraizquierdas, izquierdas, muchos peronistas y seguro también gente mas derechosa. Los ídolos masivos pueden representar más a ciertos sectores, pero nunca ser una sola cosa, lo que sí está claro es que no son de nadie, no tienen dueño, son el lugar y el refugio de muchas almas. La representación de identidades que no han encontrado lugar en otros espacios, de muchos que no han sido escuchados ni tenidos en cuenta, de muchos que, si han sido escuchados, pero se sienten contados y narrados en la mística, las letras y la música del Indio. En este fenómeno masivo, imperfecto y contradictorio con sus luces y sus sombras, pero absolutamente argentino e indomable.
Habrá que ver quien o qué es capaz de recoger el guante, de ocupar ese espacio vacante, ese agujero inmenso de sentido y pertenencia que deja la partida del Indio. ¿Quién va a convocar a esa legión plebeya que asaba al costado de las rutas y acampaba a donde sea para ser parte de la misa, dejando atrás trabajo, familia y obligaciones?
Hacia el final, después de pasar por la capilla ardiente me resonaron algunas frases que me acompañaron estos días “lloremos, pero lloremos bien” y por sobre todas las cosas “cuidemos el estado de ánimo “
Como muchos, el domingo terminé de despedir ese retazo de juventud que andaba perdida en las calles de mi ciudad. Me quedan las canciones, las vivencias y cierta hostilidad del desamparo.
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