Por Guillermo Gerardo García
El juego de contacto físico denota y fortalece de habilidades sociales al niño. Son tiempos dónde la necesidad de volver a un pasado no tan lejano ya no se presenta como una utopía, sino como una respuesta a la demanda social, para que las infancias hoy captadas por las redes sociales virtuales, vuelvan a “embarrarse”.
En mi infancia a la palabra aburrirse se la asociaba con la creatividad, el ingenio. Mi niñez transcurrió en un pequeño pueblo del centro oeste santafesino. Calles anchas y árboles frondosos eran testigos de tardes infinitas, el silencio intercalado al sonido de los pájaros, formaban la escenografía de un lugar nutrido de libertad e invención. Sólo tres canales televisivos llegaban con buena señal, exceptuando los días de tormenta. A su diaria y acotada transmisión, la cerraba una homilía de un solemne clérigo que no se esforzaba para que sea ésta una opción de entretenimiento. Bajo esa única tecnología, rectangular, pesada, con perillas y sin controles remoto, transitamos nuestra niñez. El contacto físico – a través del juego libre- con nuestros amigos, se presentaba como una realidad evidente. No se jugaba sin el otro presente.
Peter Gray, psicólogo e investigador del juego define como “juego libre” a “La actividad que es elegida y dirigida libremente por sus participantes y llevada a cabo como fin en sí misma y no con el objetivo consciente de alcanzar otros fines distintos a la propia actividad”.
Juegos y educación
Partimos de la premisa que los juegos de contacto real plantean una forma de aprendizaje totalmente diferente, dónde se asume un desafío libre, ganar el juego. De ahí el compromiso con la práctica. Por otra parte, lo que se tiene que aprender no está impuesto como una obligación externa, sino que surge como una necesidad propia para resolver el desafío y ser aceptado por sus pares durante el acto lúdico.
Las personas, aprendemos a incorporar información a través del movimiento, de los gestos. Jugando y no necesariamente leyendo. Se puede pensar al juego como un elemento constitutivo para la alfabetización, y no abreviarlo al saber leer y escribir. De manera que la alfabetización es a través de la incorporación de conceptos, los cuales estarán dotados de información y signos que servirán de anclaje para que las infancias incorporen diversos conocimientos.
La práctica lúdica, sostenida mediante la cotidiana repetición, nos adentra a un ecosistema lingüístico infinito. En palabras de Sheines, “Cada juego simula una o varias situaciones existenciales relacionadas con los viajes, los sueños, las metas, el éxito y fracaso. Si fuera posible hacer un relevamiento de todos los juegos que existen y existieron de niños y adultos, hallaríamos todas las relaciones que la vida puede plantear”1
El juego es concebido por gran parte de la sociedad como aquello que “no es serio”, que sirve para la recreación y que ocupa parte del tiempo productivo en horas de ociosidad, pausa o paréntesis en medio del ajetreo diario. Sin embargo, para muchos, como para quien suscribe, los momentos y fenómenos más importantes de la vida humana “se juegan”. El amor, el trabajo y la lucha no son más que juegos. El jugar o los momentos del juego nos atraviesan de forma global en todas las situaciones de la vida. Podemos reconocer que mediante el juego nos comunicamos, y superamos restricciones cotidianas que estructuran nuestra mente, ya sea el momento que nos toque vivir, el país, la familias, el trabajo y todas aquellas “máscaras”. Los juegos son zona de fugas, lugares dónde momentáneamente estamos a salvo y, en cierta forma, libres.
Jugar es abrir una puerta prohibida, pasar del otro lado del espejo, es encontrar una consciencia distinta de uno mismo y hacerlo de forma libre y en contacto físico, favorece al escenario social, dónde la persona delimita con su borde geográfico, su presencia. La cual permite que mediante la gestualidad se estimulen la mirada, la escucha, la templanza, la sanción. Estos aspectos son necesarios para reconocer al otro como sujeto social, vital para la constitución de la subjetividad. La participación activa, la diversidad étnica, el interés y la alegría, serán los ejes precursores determinados para que sean nuestras infancias las responsables de la construcción social.
La instancia de aprendizaje, es con el fin de que las infancias puedan nombrar al mundo y acceder a su interpretación, a partir de la construcción de sentido. Es dotarlas de herramientas para la constante interpelación, ese ejercicio mediante la práctica, propulsa a las infancias a que tengan una posición subjetiva en la vida adulta. El pensamiento crítico, nacerá a partir de la experiencia social, de exponerse a dificultades físicas, de transitar por las diferentes plataformas emocionales, donde los miedos, frustraciones, angustias y temores les serán necesarias para desarrollar competencias básicas, y así superar las adversidades y la dependencia de los algoritmos.
El snack digital como entretenimiento destructivo.
En el narcisismo epocal, los nativos digitales, como los llama el psicólogo social Jonathan Haidh, en su libro “Generación Ansiosa”, a los niños; los mismos fueron perdiendo las costumbres de otrora niñez, dónde el juego por contacto real está siendo reemplazado por el de contacto virtual. Se puede observar como el bucle de la tendencia a aburrirse y a angustiarse se hacen presentes, cuando los nativos se alejan del incentivo que ofrecen los diferentes juegos y app que contiene un teléfono inteligente.
Acostumbrados a la era digital, los chicos de hoy, no atraviesan el sentimiento de decepción, no la eluden, la desconocen. Esto es debido a que los juegos que circulan por las redes, una vez que jugaste y perdiste, te invitan a volver a intentarlo una y otra vez. No hay tiempo para la reflexión, la espera, la frustración, las ganas, el deseo. No hay tiempo para la vida.
El contexto sociocultural desfavorable, ocasionado por la crisis económica actual, potencia a que algunos contenidos virtuales sean creados por cultores de la violencia, dónde llenan sus narrativas de odio, y las divulgan por las pantallas edulcoradas de los teléfonos inteligentes en la que cada deseo siempre encuentra su evanescente satisfacción a la perpetua espera de otros. Ocasionando una endemia algorítmica que extirpa la posibilidad de que los niños puedan mediante la experiencia por contacto real, enriquecer sus habilidades subjetivas.
Pediatras y psicólogos sostienen que las consecuencias por el uso abusivo de las redes virtuales, están ocasionando síntomas asociados a la falta de control de las emociones, conductas por sobreestimulación, síntomas de hiperactividad, alteraciones en la interacción social, la comunicación y el desarrollo del lenguaje. Sumado a trastornos de ansiedad, alimentación, irritabilidad. Por consecuencia, se observan cuerpos anestesiados.
En la fase de la inmediatez en la que vivimos, nuestros niños incorporarán información por delegación de funciones, le otorgan el saber y la responsabilidad a las redes sociales, le atribuyen ser quiénes portan la verdad. Sin embargo, cierta y paradójicamente, son las plataformas tecnológicas las que mediante la pasteurización de la información logran captar el interés. Inhibiendo cualquier acto vinculado al pensar, imaginar, prever y desconfiar, que te ofrece la experiencia social. ¿Cuál es el rol de los Padres sobre la frecuencia de su uso?
Contra las tendencias destructivas que impone el capitalismo voraz y depredador así como contra la idea del juego como mera competencia egoísta y triunfalista, apelo a que la actividad lúdica por contacto físico, estimule la apuesta consciente y comunitaria de luchar por los ideales, pelear por la justicia social, defenderse de las agresiones y revelarse contra situaciones injustas y autoritarias. Eso implica vivir y comprometerse en la constitución social y cultural del ser ciudadano. De esta manera, sostengo que el jugar con otro presente, propulse la voluntad de participar del entramado social, con compromiso y valores que se estimulen en las familias y escuelas, dónde las infancias desempeñan un rol activo en el proceso de aprendizaje.
Pensar a la vida como un juego, habilita espacios de inclusión y de igualdad, partiendo todos desde la misma línea y llegando al final con posibilidades de que todos puedan acceder a la victoria. Esto se hace imprescindible en el presente signado por la insensibilidad de gobiernos que despojan a las infancias de bajos o medianos recursos. Jugar es conocer, aprender, viajar por otras dimensiones, con el fin de construir un mundo dónde la equidad se respire como el oxígeno. Será el momento de darle a las infancias un rol activo en el proceso de enseñanza y no llenarlas de información, como si fuesen meras vasijas preparadas para la repetición.
- Sheines G.(1998). “Juegos inocentes, juegos terribles” Editorial universitaria de Buenos Aires. ↩︎

Una respuesta en “¿Por qué antes no nos aburríamos?”
Excelente artículo, agrego, el sujeto se constituye partir de la mirada del Otro. Q sucede con el psiquismo de un/a niñx cuando el Otro es una pantalla?