Por Clara Suarez
Desde la doble jornada de trabajo y la brecha salarial hasta los impactos de la nueva reforma laboral argentina: esa es la nueva realidad de miles de mujeres que ponen el cuerpo ante la crisis. Un recorrido por las conceptualizaciones alrededor de la feminización de la pobreza y las cifras nacionales e internacionales actuales que desnudan la problemática.
Rosa es el nombre de la mujer que aceptó mi pedido de viaje en Uber y nos trasladamos en su moto de una punta de la ciudad a la otra. Rosa es quien me cuenta, preocupada, que tuvo que conseguir este segundo trabajo y dejar de lado sus estudios para mantener su casa ya que su marido quedó desempleado. Es ella también la que me cuenta, con elocuencia, que a su pareja no le gusta que ella esté haciendo esto porque considera que la calle es un lugar peligroso para las mujeres pero que ella lo hace igual porque está segura de que “de alguna forma hay que salir de todo esto”.
Desigualdad de género y brecha salarial en Argentina
La historia de Rosa es la historia de la gran mayoría de mujeres argentinas en la actualidad. Mujeres sobrepasadas de trabajos, mujeres poniendo su cuerpo ante el ajuste, mujeres que reciben poco salario y, al mismo tiempo, se encargan de las tareas de cuidado dentro de su hogar, tareas que siguen sin ser remuneradas.
Las estadísticas en nuestro país muestran una realidad sórdida: las mujeres cargan con las consecuencias destructivas de políticas de ajuste económico y desempleo. Los últimos informes presentados durante los años 2021- 2022 mostraron que existía una diferencia de hasta el 5% entre hogares con “jefe varón” y hogares con “jefa mujer” a la cabeza de la familia, siendo los primeros menos pobres que las últimas. Esto es coherente con la brecha salarial que se mantiene inalterable y que sitúa una diferencia del 30% entre salarios de varones y mujeres, diferencia que se extiende hasta el 40% si hablamos de empleos informales.
A esto hay que sumarle que el 75% de las tareas de cuidado son hechas por mujeres y que estas últimas ocupan el doble de tiempo en dichas tareas que los varones. Las tareas domésticas generales de un hogar familiar son ocupadas en un 89,9% por el género femenino, alcanzando una diferencia altísima con el porcentaje de hombres que se ocupan de dicho trabajo.
Todo esto se resume en mayor cantidad de trabajo para las mujeres, más probabilidades de atravesar problemáticas de salud mental como el “burn out” (síndrome de la cabeza quemada donde la sobrecarga laboral genera un estado de estrés crónico caracterizado por fatiga, insomnio, despersonalización y dificultad para concentrarse), menos posibilidades de crecimiento laboral (lo que se conoce como techo de cristal), salarios mal pagos y mayores dificultades para llegar a fin de mes o mantener un hogar por su cuenta por fuera de la línea de pobreza.
La feminización de la pobreza: un fenómeno global
El término “feminización de la pobreza” fue acuñado por primera vez por Diana Pierce en 1978 en un trabajo de investigación que llevaba el mismo nombre y que pretendía señalar una crítica hacia el enfoque usado en aquel momento para medir la pobreza, argumentando que aquellos métodos de medición no tenían una perspectiva de género por lo cual era erróneo medir de la misma manera los procesos de varones y mujeres.
Con el pasar del tiempo, el término comenzó a ser expandido a otros usos dentro de trabajos y encuadres de investigación que sí tenían perspectiva de género, refiriéndose entonces a una feminización de responsabilidades y tareas de cuidados así como también a una sobrerepresentación de mujeres en la pobreza.
A nivel internacional, las investigaciones sobre feminización de la pobreza nos indican que solo el 60,1% de las mujeres en edad de trabajar participa en el mercado laboral, frente al 90.6% de los hombres. Señalan además una brecha salarial similar a la de nuestro país (entre un 20-25%) y una desigualdad en tareas de cuidado (las mujeres en todo el mundo pasan 2.5 veces más que los varones en tareas del hogar) así como también dificultades para acceder a educación y recursos y sistemas de protección social que no las alcanzan (según la ONU, 2.000 millones de mujeres y niñas no tienen acceso a ningún tipo de protección social) lo cual las expone aún más a la pobreza.
Más reformas, menos derechos
Volviendo a la situación actual de Argentina, la recientemente aprobada reforma laboral complejiza aún más la situación económica de las mujeres y pone en jaque varios derechos conquistados a lo largo de los años.
En primer lugar, el aumento de la cantidad de horas de trabajo tensa aún más la sobrecarga de responsabilidades que pesa sobre las mujeres, en ocasiones llevándolas a elegir entre mantener sus trabajos o dedicarse exclusivamente a sus hogares. Asimismo la caída salarial genera pluriempleo lo cual dificulta aún más esta situación de sostén.
Por otro lado, la extensión del período de prueba, así como la inestabilidad en trabajos fijos exponen aún más a las mujeres al desempleo ya que son ellas las que ocupan los trabajos más precarizados y menos remunerados. Otro de los cambios que facilita el desempleo es la flexibilización de causales de despidos y el cese de pago de indemnizaciones.
Asimismo, cabe recordar otras medidas tomadas por el gobierno actual que afectan directamente a la economía individual de las mujeres: recortes de subsidios a desempleadas, eliminación de programas de protección social y vaciamiento presupuestario de políticas vinculadas a la erradicación o lucha contra la violencia de género.
Todo lo nombrado, sumado a discursos que orientan un perfil que niega la desigualdad de género y ataca mordazmente los mal llamados “privilegios de género” que no son más que derechos conquistados por el movimiento feminista en los últimos años, condenan a las mujeres a situaciones de extrema vulnerabilidad.
La lucha digna continúa
En definitiva, nuestra presencia en los ámbitos de trabajo, en las instituciones académicas y en los hogares es el resultado de luchas históricas y también de disputas que siguen abiertas en el presente. Somos parte de una trama colectiva que, desde hace décadas, cuestiona las desigualdades estructurales y redefine qué significa habitar cada uno de estos espacios. En otras palabras, no llegamos a los mismos por casualidad sino por luchas sostenidas: nuestros derechos fueron conquistados.
Hoy, estos derechos peligran: la precarización laboral, la sobrecarga de tareas de cuidado y las barreras simbólicas que aún atraviesan nuestras trayectorias. Por eso, reconocernos en las luchas contemporáneas no es un gesto abstracto, sino una forma de nombrar la continuidad de ese proceso.
