Peregrinación y carnaval pagano hacia lo eterno
“Para nosotros, los humildes, este tipo nos dio el cariño, el que no nos daban los patrones ni los gobiernos… y me dio una forma de pensar”, dice Ramón, albañil de Chingolo. La voz se le quiebra apenas termina la frase. En otra época, una frase así hubiera sido reservada para Perón, para Evita o para Maradona. Pero Ramón habla de un cantante de rock. O quizá no, seguro que no.
Estos días de dolor dieron lugar a más poesías, historias, reflexiones y vivencias, desplegó energías y una ausencia se convirtió en lazo, en encuentro.
Se murió el Indio Solari y la tristeza se propagó, no fue sólo de los suyos, se empezó a contagiar en el aire. Traspaso todo. Bobby Flores en una entrevista radial dijo que “el Indio le dio palabras a pibes que no sabían que las tenían”, tiene mucha razón porque los redondos y el Indio pudieron navegar en esos bordes tan estimulantes de lo ilustrado y el barrio, entre el movimiento religioso y el fútbol, fue la poesía para la clase trabajadora abandonada en los albores del neoliberalismo.
Mientras se privatizaba el futuro y nos prometían ingresar al Primer Mundo y la tele enseñaba a admirar el éxito, los Redondos regalaron canciones habitadas por amantes derrotados y personajes que parecían vivir en las ruinas de una fiesta a la que no habíamos sido invitados.
Sus discos y sus intervenciones hicieron circular algo más que canciones. Eran señales. Fragmentos de una lengua, un conjunto de signos y complicidades que permitieron a miles de jóvenes reconocerse entre sí. Allí se condensaron frustraciones, deseos y una obstinada búsqueda de autonomía. Eligieron el camino más difícil: permanecer independientes. Y cuanto más se alejaban del centro, más crecían. El misterio se volvió una estética. La marginalidad, una forma de libertad. El under y la masividad dejaron de ser términos opuestos.
Sus recitales trascendieron lo musical, pero decidieron no practicar una oposición frontal desde la política, sino que operaron sobre las grietas, desconfiados de las consignas masticadas, se metieron por las fisuras. No hicieron de la marginalidad una pose romantizada, intervinieron como necesidad de posición crítica y libertad de construir sus propios códigos. Pero esa construcción no fue solitaria, sino que fue con su gente, y ahí lo inquebrantable.
Peregrinación y carnaval pagano supo concebir una estructura del sentir. Cada ricotero tiene su ritual: cada grupo que se junta para viajar, cada remera transpirada, banderas improvisadas, tatuajes y las anécdotas repetidas una y otra vez como si fueran leyendas familiares dieron potencia al amor y a la rebeldía y trasformaron energías vitales en pogo y combate con la policía.
Su potencia cultural, tal vez, resida en lo encriptado de sus mensajes. Dejaban huecos. Y esos huecos eran una invitación. Esas zonas de ambigüedad, metáforas y desplazamientos impidieron una captura total de sus sentidos por parte del mercado, y dieron margen a la posibilidad de construir significados propios en un mundo donde casi todo parece venir procesado. Tal vez ahí sí hay libertad.
Hace tiempo que esas canciones dejaron de pertenecerle, pasaron a ser patrimonio de una enorme comunidad y ese, tal vez, sea el mejor regalo: lo transcendental del movimiento hacia lo eterno y sagrado.
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