Marx, Satán y Milei
En una escuela secundaria, el presidente Milei convirtió una discusión sobre economía política en una disputa entre Dios y el Diablo. Marx apareció como una figura satánica y el capitalismo como un orden de origen divino. La historia, sin embargo, suele ser menos celestial.
Un presidente frente a un grupo de estudiantes. Un micrófono. Afuera, francotiradores. Adentro, un salón de actos y un discurso que, por momentos, parecía menos el de un economista que el de un predicador. Y, en algún momento, Satanás.
La escena ocurrió en una escuela secundaria de Almagro: la ORT, una institución vinculada históricamente con la comunidad judía. El presidente eligió palabras que pertenecían menos al vocabulario de una clase de economía o de un presidente y más al de una homilía. Y allí apareció alguien que, pese a todos los intentos de enterrarlo, tiene una extraña costumbre: regresar. Karl Marx brotó en aquella disertación como un personaje del infierno, un satanista. El capitalismo, en cambio, parecía venir de bastante más arriba, de los mismísimos cielos.
Ante los estudiantes, Milei presentó un adelanto de su nuevo libro, La Moral como Política de Estado, y su epílogo, titulado Capitalismo, la Divina Maquinaria del Paraíso. Dejando de lado el tema del “adoctrinamiento” y lo inapropiado de la situación. Allí afirmó que las condiciones que el capitalismo necesita para funcionar están escritas en los Diez Mandamientos. “Esto no es una metáfora ni una analogía”, dijo. Después fue más lejos: el marxismo, sostuvo, no era simplemente una teoría económica alternativa con errores técnicos corregibles. “Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista”.
El cielo y el infierno
Hay algo curioso en poner ambas afirmaciones una junto a la otra. Una convierte al capitalismo en algo más que una forma histórica de organizar la producción, la propiedad y el trabajo: le otorga una legitimidad trascendente. Viene de Dios. La otra convierte a Marx en una figura moralmente condenable, un agente del mal, un “satanista”. A partir de allí, la discusión deja de ser qué escribió Marx y pasa a ser de qué lado del universo moral se encontraba.
Marx es demonizado; el capitalismo, sacralizado.
Marx pasó buena parte de su obra intentando explicar por qué los seres humanos terminaban atribuyendo poderes casi sobrenaturales a objetos creados por ellos mismos. A ese fenómeno lo llamó, en El Capital, fetichismo de la mercancía. La ironía es que, más de un siglo después, uno de sus críticos más fervorosos parece dispuesto a explicar el capitalismo recurriendo directamente a Dios.
Para Marx, además, el capitalismo era una fuerza capaz de profanar “todo lo sagrado”. Quizá no haya existido fuerza histórica más radicalmente secularizadora: el mundo que vio nacer las grandes fábricas parecía reemplazar viejos órdenes y jerarquías por las chimeneas de la producción industrial. Sin embargo, la historia tiene un sentido del humor particular. Con la desindustrialización y la concentración de capital, en nuestro país, algunas instalaciones que alguna vez estuvieron destinadas a producir mercancías o comerciarlas han vuelto a convertirse en iglesias.
Nada parece eterno en el devenir histórico, salvo, quizás, el movimiento y el cambio.
La historia no es eterna
En una escuela, quizá la pregunta más importante no sea si Marx estaba del lado de Dios o del Diablo. Quizá, la pregunta sea quién decide cuándo una idea económica o política deja de ser una idea y empieza a presentarse como una verdad divina.
El capitalismo tiene una historia. Tiene trabajadores, explotación, inventos, crisis, guerras, fábricas, colonialismo, bancos y mercados. Tiene vencedores y vencidos, defensores y críticos. Antes hubo esclavitud, servidumbre, monarquías y otras formas de organizar la producción y la vida social. También ellas alguna vez parecieron naturales.
Todo sistema tiende a pensarse a sí mismo como eterno mientras se vive dentro de él. Y ahí aparece una de las fuerzas más incómodas del pensamiento de Marx: recordar que aquello que parece natural puede tener una historia; que aquello que parece eterno tuvo un comienzo y también puede tener un final; que las relaciones que los seres humanos construyen pueden terminar apareciendo ante ellos como fuerzas ajenas, independientes, casi sobrenaturales y de ahí la necesidad de sacar el manto que las oculta. Que la historia es conflicto, lucha de clases.
Quizá ése sea el verdadero “diabolismo” de Marx: romper el velo metafísico y devolver la mirada hacia la tierra.
El problema de la afirmación de Milei no es, entonces, que utilice una metáfora religiosa para hablar del capitalismo. Es que presenta como eterno y dado por Dios, aquello que tiene una historia bien humana.
Pero no nos apresuremos.
Tal vez Milei tenga razón.
Tal vez el capitalismo sea, después de todo, una religión. Sólo Dios sabe. El problema es que quizá no lo sea de la manera que Milei imagina. Porque, si el capitalismo fue dado por Dios, Dios parece haber esperado bastante para entregarlo.
El capitalismo como religión
En 1921, Walter Benjamin escribió un breve texto titulado El capitalismo como religión. Nunca llegó a publicarlo. Quedó entre sus papeles y, décadas después, llegó hasta nosotros. Mientras Milei utiliza la religión para legitimar el capitalismo, Benjamin se preguntaba qué tenía de religioso el propio capitalismo.
Encontró algo extraño: un culto que no redime la culpa, sino que la produce.
“El capitalismo es, presumiblemente, el primer caso de un culto que no expía la culpa, sino que la engendra.”
La frase tiene una actualidad incómoda. En la Argentina de Milei, la alienación no aparece solamente en la explotación del trabajo. También puede aparecer en la deuda. El mercado no sólo organiza qué compramos o dónde trabajamos. Puede organizar también la manera en que interpretamos nuestros propios fracasos: una deuda como culpa, un salario insuficiente como fracaso individual, un televisor de más para el mundial o una vida precarizada como “falta de mérito”.
Una de las formas más eficaces para el capitalismo de captar fieles es la deuda: un mecanismo capaz de producir creyentes a la fuerza. Quien debe no tiene necesariamente que creer en el sistema; le alcanza con necesitar que funcione. Un poco de racionalidad y otro de fe.
Cada fin de mes, o antes, nos reúne frente a una pequeña liturgia de números, vencimientos y frustraciones. Después sólo queda esperar el milagro: que entre dinero, baje la cuota y que la rueda siga girando. Que el mercado se estabilice. Que aparezca el crédito. Que alcance para pagar la próxima cuota. Llega el pedido, el rezo, el ruego para que la rueda vuelva a girar.
Quizá ésta sea una de las formas más eficaces de la fe capitalista: no hace falta creer. A veces alcanza con deber.
El fantasma
Las ironías de la historia suelen tener algo de tragedia. De tanto invocar al fantasma, quizá las fuerzas del cielo terminen consiguiendo aquello que pretendían conjurar: que el viejo satanismo marxista vuelva a caminar entre los vivos.
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