Árboles de papel
El diario como experiencia, memoria y encuentro
*Por Guillermo Gerardo Garcia
La desaparición de los puestos de diarios no es solamente una transformación tecnológica: también pone en riesgo una forma de habitar el tiempo, la ciudad y el encuentro con otros. En la actualidad se redujeron más de la mitad, los puestos de diarios de la Ciudad de Rosario y su área metropolitana, en relación a las últimas décadas. La cifra también cuenta una novedad: la tecnología, está siendo el vector y uno de los principales responsables de este cambio. La realidad, además refleja la pérdida de una figura clave de la vida urbana, el canillita, ese trabajador que durante años sostuvo el vínculo cotidiano entre la noticia y la calle.
En mi casa, de niño, el diario era leído todos los días. Al haber vivido en un pueblo, la lectura comenzaba a partir de media mañana, horario habitual de su llegada. Atraído por la sección de deportes, mi alfabetización crecía al ritmo de la tinta negra que se grababa en mis yemas. Con el diario, llegaban la actualidad, la información y el entretenimiento. Recuerdo como a modo de mantra preguntaba ¿cuándo llega? Con un papel liviano y armoniosamente plegado, ese mar de letras, con su torrente, inundaba la mesa. Cuando la lectura familiar se apropiaba de sus páginas, sus vertientes, de fondo blanco y letras negras, comenzaban a desgarrarse del armado natural, propiciando, una lenta y agónica muerte de lo que, en ese rectángulo de papel, estaba impreso.
Tiempo después, viviendo en la ciudad, descubrí a los canillitas y su imperioso oficio, el cuál con sus casillas de chapas frías o cálidas, dependiendo de la estación del año, adornan y establecen puntos de referencia en plazas, veredas, esquinas y barrios. Dotando a la comunidad de un servicio que supera la mera venta y reparto de diarios y revistas. Son ellos, con su estoica presencia, los que alimentan la veleidad de aquel peatón que busca una información externa a su actividad, una calle, una parada de bus, un cajero automático. Son, además, quienes durante años, sostienen una conversación cotidiana, un saludo, una recomendación o una breve charla que interrumpe la prisa, siendo mediador de un tiempo más humano, menos automatizado, y donde la noticia todavía tiene cuerpo, voz y presencia.
Esas usinas de papel, desparramadas por la ciudad, iluminan desde el anonimato, a una sociedad que no termina reconociendo en ellos, su servicio. ¿Qué valor le damos a quiénes con su cuerpo, atraviesan esquinas y madrugadas, para que el diario llegue a tu casa?
El antropólogo francés, Marc Augé, llamó “no lugares” a aquellos espacios de tránsito en los que los vínculos suelen ser breves, impersonales y difíciles de convertir en memoria compartida.
En efecto, eluden cualquier huella relacionada a la cultura, los aeropuertos o centros comerciales, son ejemplos de ello, el uso se restringe al objetivo de satisfacer su necesidad.
A diferencia y en contraposición a ese concepto, se puede decir que los cuatro metros cuadrados que circundan la garita cultural, son un lugar, que a priori, se presenta como público y de acceso ilimitado. Finalmente, es dónde se manifiesta el apego, el ritual, la costumbre. Una parte de nuestros hábitos transcurren y permanecen en ese espacio, dónde lo público y privado se eclipsan, dando surgimiento al encuentro real, el que condensa al canillita, al cliente y al diario, brindando entre las partes un clima de calidez, opinión, y acompañamiento en la búsqueda. Pensar en el carácter estrictamente público en la que el oficio se expande, evita reconocer su labor en el sostenimiento y la construcción mediante la palabra y el gesto cotidiano, de un entramado social cada vez más fragmentado, automatizado e individualista.
Tal vez, no se trate solo de recuperar un soporte, sino de recuperar una experiencia. Convirtiendo el acto de la lectura en una vivencia tangible, con un otro, que se presenta simbólicamente en forma de papel y nos acompaña mediante, su tacto, su olor y su estructura corpórea, que define su presencia, al encuentro de dos cuerpos. A diferencia de la pantalla, que ofrece velocidad y respuesta instantánea, el papel propone detenerse, recorrer, volver, y perderse entre sus páginas. Esa demora, en la mayoría de los casos estimula un espacio para el pensamiento, la imaginación y el deseo. ¿Recuperar la experiencia de leer a través del papel impreso, nos invita a transitar un tiempo diferente?
Ese –lugar- no es sólo un punto de venta, es además donde circula la palabra. Entre esas chapas oxidadas, se produce algo que ninguna pantalla podrá sustituir, la presencia del otro, que escucha desde adentro. Algo, que la época, propone reemplazar.
Cuando el tiempo se vuelve mercancía
Desde una mirada mercantilista-social, el acto de leer un diario desde una pantalla, ofrece variados y tentadores amenities, vinculados la mayoría de las veces al ahorro de tiempo, dinero y espacio. Paralelamente, son éstas tres palabras, las que la época, interpela y las reduce a una única acepción, mercancía.
Byung chul Han en su obra, “El aroma del tiempo” manifiesta: “Quién intenta vivir con más rapidez, también acaba muriendo más rápido. La experiencia de la duración y no el número de vivencias, hace que una vida sea plena”. La derrota se presenta como diagnóstico, el síntoma, en forma de comodidad y scrolleo. La esperanza de percibir el riesgo se diluye, y aceptar el avance tecnológico sin darle el beneficio a la duda sobre su impacto, se convierte en el tratamiento. El cuál, consiste en ir moldeando la espalda, la cervical, y la mirada, a esas paredes de cristal luminiscentes, en nombre del confort.
Mientras vamos aceptando la abreviación del tiempo en nombre de la comodidad, los creadores de esas tecnologías van moldeando la subjetividad de la población. Con ella, se van distanciando de las barrancas donde se erige el pensamiento crítico, la personalidad y la posición que tomamos en este mundo.
El problema no es cuánto tiempo ahorramos, sino qué hacemos con ese tiempo. La modernidad empuja permanentemente a producir, responder y consumir convirtiendo también la experiencia, en una carrera.
Hay procesos que necesitan demora, silencio y elaboración. Pensar, requiere soportar un intervalo, un espacio vacío, para luego llenarlo entre lo que se ofrece y aquello que se interpreta. Cuando este proceso no existe, y todo aparece rápidamente, sufrimos las consecuencias de confundir, información con pensamiento, y acumulación con experiencia. ¿Aceptar lo que se nos brinda con facilidad desde la virtualidad, nos hace libres o dependientes?
En la actualidad, según datos suministrados por el sindicato de canillitas de la ciudad de Rosario, existen 170 puestos de diarios en la ciudad y el área metropolitana, 230 menos de los 400 que hubo en la década del 80. Asimismo, las plataformas digitales, redujeron el consumo del diario impreso, aún así, siguen existiendo usuarios que eligen el papel como soporte de la información. En muchos casos, sosteniendo la práctica a partir de un ritual. La compra del diario. Gracias a su composición física será abordado de manera atemporal, más allá de la finitud a la que se somete la actualidad. Se puede tocar, recortar, y guardar aquello que encuentre puntos de contacto entre la relevancia y el lector. ¿Atesorar un recorte de diario, para un uso póstumo de la noticia, supera el efímero acto de leerla en la virtualidad?
Evitar la extinción
Claramente, la desaceleración del consumo a partir del embate tecnológico es la causa primaria para comprender la reducción de puestos, pero también lo es, la pérdida del valor social de quienes sostienen con su trabajo, ese circuito cotidiano.
Hay una sola manera de eludir la deforestación de estos árboles de papel, que nos ayudan a interpretar la realidad y que hoy flotan como camalotes en la ciudad, pero ya no circulan al ritmo de la crecida de un río, sino que se sienten atrapadas en el ocaso de un bañado ¿Cómo se reforesta? Recuperando la experiencia de leerese rollo impreso que te llegaba a tu casa, o bien, comprabas en el kiosco. Sostener mediante la práctica no significa resistir al cambio de época, ni aferrarse al pasado abrazado a la nostalgia, sino comprometerse con la cultura, defendiendo una actividad que supo valerse del encuentro con el otro. Dónde su materia prima, fue protagonista del tejido familiar, reivindicando el encuentro, la charla, el debate, la opinión y poniendo en valor el compartir. Principios distantes, de lo que la virtualidad ofrece.
Recuperar el papel es recuperar una posición frente al tiempo, y también frente a quienes lo hicieron circular. No es un rechazo a la tecnología ni una idealización del pasado. Es una reivindicación del diario impreso, que no solamente informa, sino que también deja marcas.
Volver al papel, es comenzar un viaje al pasado, es permitirse abrir puertas de habitaciones dónde fuimos felices. Navegar por los ríos del recuerdo, es encontrar en la mesa familiar a seres quietos que sólo se mueven en la memoria. Recuperar el hábito del papel, es recuperar la memoria histórica, es valerse de la experiencia del pasado para fortalecerse cuando la inmediatez del presente, duela.
Volver al papel, es hacer del mundo un lugar real, en comunidad, donde los principios prevalezcan y sean el sostén de los vínculos, evitando quedar atrapado en aquella omnipresencia del simulacro, la teoría que anticipó Jean Baudrillard, a la que la época invita. ¿Y sí el tiempo que creemos ahorrar, es aquel que se necesita para vivir?
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