Malvinas y la patria en el tablero de Trump
*Por Roberto Bassut
Hay causas que ningún gobierno puede inventar o evitar. Malvinas es una de ellas.
Es una causa hecha de historia, guerra, muertos, memoria, dolor y, principalmente, colonialismo; una de las pocas cuestiones capaces de atravesar a toda la sociedad argentina, como lo demostró el gesto de los jugadores de la selección en la semifinal del mundial, al sacar la bandera.
Después de años de declaraciones contradictorias, elogios a Margaret Thatcher y una política exterior organizada alrededor del alineamiento automático con Washington, Milei volvió a descubrir que las Malvinas son argentinas. Ahora habla de soberanía, palabra que le es ajena a su vocabulario, anuncia sanciones contra las empresas que explotan recursos en el área disputada, un rearme nacional y la instalación de una base conjunta en Ushuaia, y principalmente, presenta la cuestión Malvinas como una prioridad nacional. Precisamente por eso resulta necesario observar con atención el súbito giro del Presidente. ¿Es un cambio sincero de política? ¿Es demagogia electoral? La pregunta, entonces, no es solamente qué anunció. Es otra: ¿qué cambió?
Una respuesta posible es que no haya cambiado solamente Milei. Que haya cambiado el mundo alrededor de Milei.
Malvinas no son solamente Malvinas
El Atlántico Sur ha dejado de ser aquella periferia geográfica que las grandes potencias podían mirar desde lejos. Petróleo, pesca, minerales, rutas marítimas y proyección antártica convierten a la región en un espacio de creciente importancia estratégica.
El proyecto petrolero Sea Lion, ubicado en la cuenca norte de Malvinas, expresa esa nueva dimensión del conflicto. Las reservas energéticas, la riqueza pesquera y la proyección hacia la Antártida vuelven insuficiente cualquier lectura que reduzca la cuestión a la disputa por un archipiélago.
Malvinas es un territorio. Pero también es una puerta.
Una puerta hacia el Atlántico Sur, hacia la Antártida y hacia algunos de los recursos estratégicos que comienzan a adquirir un valor creciente en el siglo XXI.
Y, precisamente por eso, la pregunta argentina ya no puede ser solamente qué quiere el Reino Unido de las islas. También debemos preguntarnos qué quieren Estados Unidos y las otras grandes potencias de esta región.
La nueva Doctrina Monroe
El mundo de Javier Milei es muy diferente al de Carlos Menem.
En los años noventa, las llamadas “relaciones carnales” se desarrollaron durante el momento unipolar. La Unión Soviética había desaparecido y Estados Unidos parecía ocupar el centro indiscutido del sistema internacional. Para un gobierno periférico, alinearse con Washington podía parecer una apuesta relativamente sencilla: había una potencia dominante y el resto del mundo debía organizarse alrededor de ella. Ese mundo terminó.
El ascenso de China, la recuperación del protagonismo ruso, la expansión de los BRICS y la aparición de nuevos centros de poder están modificando el mapa internacional. Emmanuel Todd, en La derrota de Occidente, ha planteado provocadoramente que la crisis contemporánea no debe entenderse como el simple ascenso de nuevos rivales, sino como una pérdida relativa de la capacidad occidental para organizar el mundo.
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y financiera del planeta. Pero ya no puede actuar con la misma comodidad que tuvo durante los años posteriores a la Guerra Fría.
Y una potencia que percibe amenazada su posición no necesariamente se retira. A veces hace exactamente lo contrario: vuelve sobre sus áreas de influencia. Este es el escenario actual, para Estados Unidos, América Latina vuelve a aparecer, entonces, como un espacio estratégico, es el área de influencia primordial para los intereses de Washington, desde su presencia en cada una de las elecciones, la invasión y captura de Maduro en Venezuela, el ahogo con el bloqueo a Cuba, y la presión sobre Lula de cara a las elecciones próximas en Brasil. El elemento determinante es que la presencia China es creciente desde hace casi dos décadas, invierte, comercia, construye infraestructura y consolida relaciones económicas en la región. Washington observa ese avance como un problema de seguridad nacional.
La vieja Doctrina Monroe decía “América para los americanos”. La historia demostró que, con frecuencia, significaba algo bastante más concreto: América para los intereses de Estados Unidos.
La nueva versión de aquella doctrina no necesita formularse exactamente con esas palabras. Basta observar la creciente importancia que Washington otorga a los minerales, los puertos, las telecomunicaciones, las rutas marítimas y la presencia china en el hemisferio.
En ese mapa, el Atlántico Sur no puede ser una excepción.
Trump contra China, pero también contra sus aliados
Hay otra cuestión que suele quedar fuera de la discusión argentina: Occidente no es un bloque homogéneo.
Estados Unidos y el Reino Unido poseen una alianza histórica, militar y estratégica de enorme profundidad. Pero eso no significa que compartan cada interés ni que las tensiones sean imposibles.
El mundo de Donald Trump, en particular, se caracteriza por una forma transaccional de entender la política internacional. Las alianzas no desaparecen necesariamente, pero pueden ser sometidas a presión, renegociadas y utilizadas como instrumentos para obtener ventajas.
En ese contexto, una declaración estadounidense sobre Malvinas podría tener más de un destinatario: Trump puede utilizar cualquier asunto sensible para el Reino Unido como un elemento dentro de una negociación mayor. Los cortocircuitos de Donald Trump con Inglaterra, luego de que negara el apoyo para la guerra de Irán y el desbloqueo del Estrecho de Ormuz, anticipan un “reacomodamiento” retórico de Estados Unidos en Malvinas, se puede “revisar” la causa.
Malvinas es uno de esos asuntos.
La eventual modificación de la posición estadounidense no debería ser interpretada automáticamente como una victoria diplomática argentina. Antes convendría preguntar qué lugar ocupa la cuestión en la estrategia global de Washington. Y, sobre todo, qué podría pedir Estados Unidos a cambio de cualquier modificación real de su política.
El problema no es la ayuda. Es el precio
Aprovechar las contradicciones entre las grandes potencias no constituye un pecado geopolítico. Por el contrario, los países periféricos y los movimientos de liberación nacional lo han hecho históricamente.
El problema aparece cuando no existe una estrategia propia.
Milei parece convencido de que la relación privilegiada con Trump puede traducirse en beneficios para la Argentina. Pero existe una diferencia fundamental entre una alianza y una subordinación.
Una alianza supone, al menos idealmente, intereses que ambas partes negocian. La subordinación comienza cuando una de ellas carece de capacidad para definir las condiciones.
Su alineamiento no parece surgir de una negociación entre iguales, sino de una asimetría reconocida y, en muchos casos, celebrada. Milei se comporta más como un virrey que como un presidente.
Por eso, si Estados Unidos modificara efectivamente su posición sobre Malvinas, la Argentina debería formular inmediatamente una pregunta elemental: ¿a cambio de qué?
¿Mayor presencia militar? ¿Acceso privilegiado a infraestructura estratégica? ¿Nuevos compromisos en la disputa global con China? ¿Participación en los recursos y la logística del Atlántico Sur?
No sabemos si alguna de estas condiciones está sobre la mesa. Afirmarlo sería especular sin pruebas.
Pero no preguntar sería bastante peor.
¿Soberanía?
La Argentina conoce, además, la distancia entre los gestos de Washington y sus intereses estratégicos.
En 1982, la dictadura de Leopoldo Galtieri creyó que sus vínculos con Estados Unidos podían garantizar una posición favorable en el conflicto con el Reino Unido. Cuando llegó el momento decisivo, Washington eligió su alianza estratégica con Londres.
La lección no es que Argentina no deba utilizar las contradicciones, ni que cualquier relación sea necesariamente perjudicial. La lección es más simple: las grandes potencias no tienen amigos eternos. Tienen intereses.
Trump no es diferente, al contrario, es abiertamente transaccional, interesado e instrumental, cuando no sirve más lo desecha. Es un riesgo que corre el presidente Milei.
Por eso resulta inquietante que Milei presente su relación personal e ideológica con el presidente norteamericano como una garantía para la política exterior argentina. Entre un gesto de simpatía y una modificación estructural de la política estadounidense existe una distancia enorme.
Difícilmente estos anuncios sean más que una cortina de humo de cara a las próximas elecciones para desviar el foco de la crisis económica y social y el naufragio del plan económico.
Pero démosle, por un brevísimo momento el beneficio de la duda.
Una “hipotética” situación de acercamiento a posiciones favorables a la soberanía sobre las islas y de presiones efectivas bajo condiciones de creciente dependencia estratégica respecto de Estados Unidos plantearía una paradoja difícil de ignorar: quién controla las rutas, los recursos, la infraestructura y las decisiones estratégicas del Atlántico Sur si las capacidades de negociación las impone una potencia y no el Estado argentino.
La patria como oportunidad política
Existe, finalmente, una dimensión doméstica que no debería ser ignorada.
Milei llega tarde a la causa Malvinas. Las sanciones contra la explotación ilegal de recursos son una herramienta que el Estado argentino ya poseía. Hay sanciones desde 2011 y hasta 2022. Mientras tanto, proyectos como Sea Lion avanzaron y constituyen un reservorio petrolero de enorme importancia. Eso no significa que las nuevas medidas deban ser rechazadas. Todo avance efectivo en defensa de la soberanía argentina merece ser acompañado.
Pero acompañar no significa dejar de preguntar.
¿Por qué ahora?
Malvinas posee algo que pocos temas conservan en la Argentina contemporánea: capacidad de producir una épica transversal. Es una causa justa, popular y sensible. También es, por eso mismo, un extraordinario recurso político.
Cuando un gobierno con dificultades necesita recuperar iniciativa, el nacionalismo puede ofrecer una narrativa poderosa. Pero una causa histórica no debería convertirse en una campaña de marketing electoral, el olor a oportunismo se siente desde lejos y, el tiempo dirá, hasta donde fue utilizado un tema tan sensible y nodal como Malvinas.
El problema no es que Milei hable de Malvinas. El problema sería que Malvinas apareciera solamente cuando resulta políticamente conveniente. La causa merece algo más que un giro retórico, de un gobierno profundamente contrario, en cada una de sus medidas, a la soberanía nacional.
Merece una política de Estado capaz de aprovechar las contradicciones del mundo multipolar sin convertirse en instrumento de ninguna potencia.
Porque el mundo está cambiando. La hegemonía estadounidense enfrenta nuevos desafíos, China avanza y las alianzas tradicionales muestran fisuras. El Atlántico Sur adquiere una importancia creciente y la Argentina posee, en ese escenario, una ubicación estratégica que no puede seguir administrando desde la subordinación.
La verdadera cuestión es si en el futuro nuestro país puede tener una estrategia integral propia.
No tenerla implica un riesgo enorme, quizás allí esté el mayor peligro del nuevo entusiasmo de Milei por Malvinas. Que el Presidente crea estar moviendo una pieza en el tablero de Trump cuando, en realidad, la pieza es él.
Y que, una vez terminada la partida, descubramos que la bandera estaba en el tablero, pero nunca en nuestras manos.
Fede
Excelente análisis para no comernos la curva de q sólo intenta un golpe de timón como manotazo de ahogado al ver q naufraga su gobierno. Adhiero al 100 con la nota