Por Germán Mangione

Uno tras otro se suceden fenómenos culturales juveniles que, nacidos en el mundo digital, dan el salto al mundo físico generando sorpresa, desconcierto y en la mayoría de las ocasiones, burla del mundo adulto.

Desde los Therians a las batallas de farmear aura, jóvenes de todo el país (aunque suelen ser fenómenos con límites territoriales más difusos, lógico de algo nacido en internet) adoptan modas y prácticas que los adultos no llegan a comprender del todo pero terminan satirizando -cuando no sancionando- por banales o carentes de sentido, y en comparación constante con épocas y juventudes pasadas supuestamente mejores. Cada generación adulta tiende a considerar que su juventud fue más auténtica o significativa que la siguiente. 

¿Pero qué hay detrás de estos fenómenos? ¿Juegos? ¿Búsqueda de identidad y espacios propios? ¿Recuperación de los espacios públicos perdidos? ¿Una mezcla de todo eso?¿Qué ocurre cuando esos mundos que los jóvenes construyeron como propios empiezan a ser observados, juzgados y ocupados por los adultos? 

UN LUGAR PROPIO

Roxana Morduchowicz es doctora por la Universidad de París VIII y docente titular en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, y es consultora de la UNESCO en Ciudadanía Digital.

En una entrevista en diario Perfil desarrolla el concepto del mundo de los pibes en la virtualidad y se centra en la idea de que los jóvenes perciben a internet como un territorio exento de adultos.

“En el siglo XX, cuando querían independizarse tenían tres caminos: casarse, conseguir un trabajo o graduarse en la universidad. Hoy logran su independencia mucho antes de cumplir los 18 años y lo hacen a través de la conectividad. Los adolescentes sienten que la red es un mundo que les pertenece y en el que pueden estar sin adultos. En parte porque pueden decidir a quién aceptan o excluyen de su perfil algo que les otorga una especie de autonomía. Por eso muchos explican que internet es un espacio que sienten ‘propio’”.

No es novedad, ni capital de esta época que la juventud, y sobre todo la adolescencia, que es donde se vienen desarrollando estos fenómenos están signados por la construcción identitaria, y por sobre todo la necesidad de diferenciarse de los adultos que los formaron.

Hoy esa chance aparece más nítida y posible en el mundo digital, donde la mirada familiar tiene menos alcance. Pero a diferencia de otros momentos de la historia el desarrollo tecnológico dota a esa búsqueda de identidad de una galería inabarcable de opciones y posibilidades que van mucho más allá de las aprendidas en el entorno. Modas del otro lado del globo están al alcance de la mano.

Pero esas búsquedas de la construcción de la individualidad chocan, como siempre sucedió, con las costumbres o ideas de las familia de origen, a lo que hay que agregarle que la diversidad ofrecida por el mundo virtual favorece el desconocimiento por parte de las mismas del más mínimo código o referencia que les permita entender qué está sucediendo.

Ver a un hijo vestido de perro, o haciendo Mewing no resulta sencillo ni comprensible para el mundo adulto.

SALÍ DE LA PIEZA

Hasta ahí casi que no hay nada novedoso, imagino a los padres de los 60 viendo a sus hijos con el pelo largo o escuchando música psicodélica, e imagino sensaciones o respuestas más o menos similares. Lo que me resulta interesante intentar pensar es que tienen de particulares esas búsquedas juveniles en nuestra época.

Vivimos un momento en el que, por razones múltiples que no voy a profundizar aquí, el acceso de los adolescentes a los espacios públicos se ha ido restringiendo. Más allá de nuestra voluntad individual, lo planteo como una cuestión sistémica.

Si a eso le sumamos lo que venimos comentando de los “mundos virtuales” que se han ido desarrollando, las habitaciones (para quienes tienen acceso a las tecnologías necesarias y las comodidades que lo permiten) han pasado a ser muchas veces el mundo de los mundos de los pibes.

Danah Boyd autora de “Es complicado: la vida social de los adolescentes conectados en red” afirma que las redes son “públicos en red”: espacios donde adolescentes se reúnen, socializan y construyen identidad entre pares. Sostiene que los jóvenes buscan lugares propios porque los adultos restringen su acceso a los espacios públicos físicos; las redes cubren parcialmente esa necesidad, aunque no eliminan la mirada adulta.

Las redes no son simplemente tecnología, sino espacios públicos reconfigurados por tecnologías digitales. Los adolescentes las usan para cosas cotidianas como conversar, bromear, coquetear, compartir información y “estar juntos”, del mismo modo que generaciones anteriores usaban plazas, shoppings o calles.

Por supuesto que no implica que rechacen los espacios físicos tradicionales, no es cuestión de unilateralizar la mirada, pero ese mundo virtual pasa a ser uno de los ejes de su desarrollo social. Las redes posibilitan un tipo de espacio público centrado en jóvenes que, en general, no está disponible fuera de internet; ahí buscan comprender el mundo más allá del dormitorio y de la supervisión familiar

Si bien es cierto que es recomendable la supervisión adulta, incluso en ese mundo digital, los jóvenes necesitan márgenes reales de privacidad, experimentación e interacción con pares.

Y de hecho cuando la vigilancia es muy intensa, responden creando sus propias “zonas de privacidad”: usan varias cuentas en redes sociales, restringen quien puede ver sus publicaciones, etc.

Boyd afirma que las tecnologías digitales les permiten reconstruir parcialmente espacios juveniles privados y públicos, incluso estando físicamente en ámbitos controlados.

Y ahí aparece la preocupación de los adultos sobre el encierro, las pantallas, la falta de encuentro físico y de habitar los tradicionales lugares de comunidad.

VOLVÉ A LA PIEZA

¿Pero qué pasa cuando los jóvenes intentan recuperar terreno? ¿Qué pasa cuando se organizan para sacar sus códigos, sus mundos, de las redes y llevarlos a la calle, a las plazas?

¿Cuál es la respuesta adulta a los Therians o los torneos de farmear aura?

En general suele ser la burla, la descalificación y en muchos casos la “parasitación” del fenómeno.

“Sabes cómo te pegó dos cachetazos si me salis Therean”, “Lo que les hace falta es ir a laburar”, “Si le iba a mi viejo con esa pelotudes, me comía dos cintazos”, y decenas de sentencias por el estilo, en broma y no tanto, pueden escucharse al respecto.

En una especie de contradicción fulminante acusamos a una generación de no tener contacto, de encerrarse, y cuando sale a la calle y se organiza para encontrarse, para compartir un código en común y divertirse, los mandamos adentro o les copamos la parada.

Porque estos comentarios se escuchan en la calle pero también (lo que puede ser peor) se ven en las redes de los adultos, que se suben a la ola de la novedad para no quedarse afuera, porque el mundo de las redes dejó se ser además un mundo propio de los jóvenes.

NO ESTÁN SOLOS.

Por qué el mundo digital aportó un nuevo problema a esa búsqueda de identidad juvenil. En las redes los públicos juveniles y adultos se mezclan. Y ahí empieza a despuntar algo de lo que queremos pensar.

¿Te imaginas diciendo las pavadas o códigos que tenés con tu barra de amigos frente a tu vieja? ¿Qué cara pondría tu viejo si le tiras ese término que solo usas con tu grupo mas reducido de compañeros de la escuela?

El desarrollo de las redes y la disolución de algunas barreras etarias en las mismas va configurando un escenario que les complica la posibilidad de construir su necesaria intimidad, su propio humor o la indispensable experimentación juvenil indispensable, transformando todo en material visible, comentable y hasta comercializable.

Mucho se habla y se teoriza sobre esta época como una era de “adolescencias tardías”, provocadas principalmente por las imposibilidades materiales de independizarse, pero lo que sucede no es que además de eso, los códigos, imágenes, consumos y roles asociados a cada edad dejan de estar claramente diferenciados. En consecuencia, se vuelve más difícil que jóvenes y adultos se distinguen simbólicamente unos de otros.

En un doble proceso, impulsado por los cambios en la vida material, pero también por el mercado para ampliar su red de consumidores, se “adultiza” a los jóvenes, mientras los adultos son empujados a “infantilizarse” para no quedar afuera de las tendencias imperantes.

Mientras que los niños, niñas y adolescentes son presentados o tratados con atributos, estéticas, consumos, preocupaciones o responsabilidades propias de adultos, como la importancia de “ser educados financieramente” o “triunfar en los negocios” antes de ser adultos, nosotros consumimos y exhibimos códigos juveniles para parecer piolas, mostrar una vida divertida, y no pasar de moda, porque se instaló el culto a la juventud eterna y quedarse afuera de la última tendencia parece ser un pecado mortal que nos condena al ostracismo.

EL PAPEL DEL MERCADO

Según el teórico Keith J. Hayward, autor de “Infantilizados: Cómo nuestra cultura mató la adultez” este doble fenómeno se observa con especial fuerza en la publicidad, el marketing y la cultura popular contemporánea. El mercado no sólo registra que las edades se mezclan: produce activamente esa mezcla porque le conviene ampliar públicos y multiplicar oportunidades de consumo.

Hayward llama la atención sobre un mensaje característico del consumismo contemporáneo: no hace falta “dejar atrás” una etapa para ingresar en otra; se puede ser adulto manteniendo signos de juventud, o joven adoptando signos de adultez.

En las redes eso tiene un reflejo concreto: la transformación de una práctica espontánea en contenido para una audiencia amplia.

Un grupo de adolescentes crea una estética, un baile, un meme o una forma de hablar e inmediatamente creadores adultos lo reproducen para ampliar audiencia, marcas lo emplean en campañas, medios lo explican y convierten en contenido y la plataforma lo recomienda porque genera interacción y retiene usuarios.

Las culturas juveniles producen innovaciones simbólicas y formas de sociabilidad; las plataformas, las marcas y los usuarios adultos pueden cooptarlas, visibilizarlas, volverlas tendencia y extraer de ellas valor económico, reputacional o afectivo.

La práctica deja de circular sólo como código compartido dentro de una comunidad juvenil y pasa a ser un producto cultural disponible para públicos adultos y para el mercado. El punto no es que nadie pueda compartir una tendencia, sino que existe una desigualdad de poder: los adultos, influencers consolidados, empresas y plataformas suelen tener mayor visibilidad, recursos y capacidad de monetizarla.

LA MIRADA ADULTA (también) SE EQUIVOCA

Finalmente es interesante reflexionar sobre cómo muchas veces nuestra mirada adulta les atribuye a los jóvenes problemas o perspectivas que son nuestras y no suyas. La idea de que porque se divierten en una plaza o se disfrazan, van a estar imposibilitados de orientar su vida hacia horizontes que nosotros consideramos útiles o que es contrapuesto con responsabilidades que pueden tener a su edad, es una mirada unilateral mas nuestra que real.  

Nosotros, la generación de los padres cancheros y progres, que compartimos todos con los pibes, quizás debamos dejarles aire, dejarlos crear, experimentar,  equivocarse y acertar, reírse, arrepentirse y volver a crear, porque si todo depende de nosotros, los adultos, esta claro por el presente que viven los pibes, que estamos cagados.

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