Tengo miedo de olvidarme
*Por Paola Barragán Silva
Tengo miedo de olvidarme.
No de una fecha. De cómo era no estar triste.
Últimamente no hago cuentas. Hago malabares. Cuánto cuesta el alquiler. Cuánto cuesta comer. Cuánto cuesta dormir ocho horas sin pensar que debería estar haciendo otra cosa.
Voy eligiendo qué deuda sumo, qué lujo resto. Le robo horas al sueño por si entra un trabajo más.
Nada de ver gente. Para eso están las redes.
Nada de festejar. Eso dicen que es para los que se esfuerzan más.
Que alguien me diga cuánto más, porque yo ya no sé si aguanto.
Dos abuelos se fueron sin hacer ruido. El vecino no llegó con el pan y decidió no seguir. Matías quiso volar. Dai le dijo a su mamá que siga luchando, pero que ella estaba muy cansada.
La noticia se vuelve viral un rato. Después vuelve la anestesia.
Yo estoy agotada. Algunos días me fui a la cama sin comer. No por olvido. Por cálculo. La abuela de la farmacia hace lo mismo: este mes, qué pastilla sí, qué pastilla no. El de al lado no tiene dónde dormir. Y el resto andamos rotos y descosidos.
El sistema de cuidados está roto. Y no es metáfora.
Lo dijo Julieta Calmels, Subsecretaria de Salud Mental de PBA: “Si tuviéramos en la primera plana de los diarios el desencadenamiento de una muerte por suicidio, empezaríamos a estar más cerca de la realidad”.
No hablamos de esto porque nos enseñaron que no se habla. Que si lo nombras, lo llamas. Pero no hablar no nos cuidó. Nos dejó solos.
Hoy en Argentina, la gente se quita la vida más que por homicidios y accidentes de tránsito juntos. Es la primera causa de muerte externa.
El 80% son varones. Entre 18 y 40 años. La edad en la que te dicen: ahora te toca mantenerte solo, sin Estado, sin red, sin llorar. La masculinidad de no decir “me duele”.
A las pibas las vemos más en las guardias. Con ansiedad que no deja respirar, con consumo de psicofármacos, con marcas en el cuerpo.
Pero la mayoría no llega a la guardia. Se va antes.
Y faltan los remedios. Se cortó el Remediar Salud Mental. Se cortó la entrega en los hogares de discapacidad. La ANDIS no entrega. La obra pública que era contención, tampoco. Lo que vemos en los hospitales no refleja la realidad porque el endeudamiento y el desempleo no figuran en los manuales de psiquiatría.
Y en el medio, las redes. La inmediatez. El ya. El tener que poder con todo.
Y entonces, Lucas.
No quiero dejarlo afuera. Porque yo también perdí a alguien por suicidio.
La muerte es a secas. No hay grises, no hay con qué edulcorar.
Todavía, cuando suena el celular, se me corta la respiración. Tengo miedo de volver a escuchar esa voz que me dice que pasó de nuevo.
Lucas lo logró. Se fue.
Y aún me cuesta creer cómo alguien tan hermosamente vulnerable, tan frágil, se vuelve una herida constante. No una cicatriz. Una herida que se abre cada vez que suena el teléfono, cada vez que alguien se ríe parecido, cada vez que me acuerdo y me había olvidado por un segundo.
Me preguntan cómo era. Y no sé qué decir. Era frágil como todos los que son imprescindibles.
Si algo aprendí es que nadie que se quiere ir, no quiere morir. Quiere dejar de sufrir.
Y nosotros no sabemos escuchar sin querer arreglar. No sabemos quedarnos al lado sin decir nada. Solo quedarnos.
No sé cómo se hace para que la pulsión de vida le gane a la de muerte. Pero sé que empieza por nombrar. Por decir suicidio sin susurrar. Por decir Lucas sin miedo a incomodar.
Hablar no contagia. Hablar previene.
Foto de tap: IG @Mati_r__g
En Argentina podés comunicarte ahora mismo con:
– Centro de Asistencia al Suicida:* 135 (gratis, 24 horas)
– Emergencias:* 107 o 911
– Salud Mental Responde CABA / línea nacional:* 0800-999-0091
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