*por Melisa Leonor Di Marco.
A 20 años de la ley 26.150, la Educación Sexual Integral sigue siendo un reclamo por parte del estudiantado. Hoy nos toca reflexionar acerca de lo construido y reconocer las nuevas batallas.
Se cumplen veinte años de la sanción de la ley 26.150 de Educación Sexual Integral, una ley cuyo objetivo fue ampliar y garantizar derechos a nuestras infancias y a nuestros jóvenes y procurar igualdad de trato y oportunidades. Sin embargo, aun así, encontró a lo largo del tiempo detractores por parte de los sectores más conservadores. Hoy en día constituye uno de los puntos más atacados de la llamada “batalla cultural”. Las narrativas construidas en el mundo digital y fomentadas por parte del Gobierno nacional actual, la construyen como un enemigo peligroso para nuestras infancias y la califican como “adoctrinamiento ideológico”.
No es novedoso que esta ley enfrente desafíos. La ESI se caracterizó por la defensa y la resistencia constante e incansable de la comunidad educativa frente a distintos tipos de ataques. Por eso, es necesario reafirmar que la ESI no responde a una doctrina o dogma, sino que es una herramienta fundamental que tenemos quienes ejercemos la docencia para garantizar y defender los derechos humanos.
Batallando contra los mitos
Según informes, en la ciudad de Buenos Aires, el 80% de las denuncias de abuso sexual en las infancias fueron realizadas luego de una clase de ESI. Por otra parte, los resultados del Plan ENIA (Embarazo No Intencional en la Adolescencia) ejecutado en doce provincias arrojan que hubo, entre los años 2018 y 2021, una baja sostenida de la tasa de fecundidad en niñas y adolescentes de entre 10 y 19 años de un 49%. Uno de los ejes principales de este Plan fue el dispositivo educativo que tenía como finalidad fortalecer la ESI y brindar capacitación a docentes. De este modo, la escuela constituyó uno de los pilares fundamentales no sólo en la protección de las infancias, sino también en la promoción, acceso y toma de decisiones de manera libre e informada por parte de lxs adolescentes sobre la salud sexual y reproductiva.

La ESI se erige en torno a pilares básicos: cuidar el cuerpo, valorar la afectividad, respetar la diversidad, reconocer la perspectiva de género y ejercer los derechos sexuales y reproductivos. Propone salir de una mirada unívoca biologicista para trabajar también otros aspectos sociales e interpersonales como los vínculos, la diversidad, el bullying, la discriminación y la desigualdad. Pensar que hoy son vientos de cambios para nuestras infancias, adolescencias y juventudes y que, estos últimos, se corrieron más “a la derecha” demuestra una dificultad de escucha y de lectura de la realidad por parte de los adultos. Informes realizados por la Defensoría del Pueblo de la ciudad de Buenos Aires arrojan que para un 86% de estudiantes de nivel secundario es importante la ESI, un 80% la considera relevante para prevenir situaciones de violencia y un 71%, para prevenir situaciones de discriminación. Entre las temáticas de mayor interés se encuentran: ITS, embarazos y anticoncepción, vínculos y salud mental (pese a haber sido la menos abordada en la práctica). Estos datos dan cuenta de que, por un lado, la ESI circula en el estudiantado como parte constitutiva y necesaria de su propia educación; por el otro, que poseen una mirada integral de la sexualidad y que reconocen que esta ley, mediante un abordaje contextualizado y situado, les ofrece un aprendizaje, no meramente contenidista, sino vinculado a la práctica de vivir en sociedad que lxs ayuda a mejorar, por ejemplo, las relaciones interpersonales.

La ley 26.150, entonces, fue una de las políticas educativas con resultados positivos visibles y con un fuerte impacto a nivel social.
La ESI y los derechos humanos
Hoy en día, la ley de Educación Sexual Integral sufre un fuerte desfinanciamiento por parte del Gobierno nacional. Se intenta, además, reemplazarla por la llamada “Educación Emocional”, una pedagogía que pone el eje en las emociones, su autocontrol y gestión. En consonancia con ciertas tendencias new age, la Educación Emocional pone el foco en el individuo desvinculado de su contexto para dejar de lado la construcción de lo colectivo. En un mundo en el cual la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, la concentración de la riqueza llega a niveles exorbitantes, la desigualdad de género y el acceso a lugares de poder de las mujeres y diversidades sigue siendo un desafío, no es casual que se fomente desde los poderes más concentrados una pedagogía basada en una lógica más individualista. Asimismo, la inteligencia artificial que invita a repensar el mercado laboral, la precarización de este último, las redes sociales que generan nuevas adicciones y otros factores producen un resquebrajamiento de los lazos sociales propicio para que la salud mental de una sociedad, cada vez más alienada, y las estructuras sociales pendan de una soga.
En este contexto, defender la ESI y educar bajo dicho paradigma pedagógico no significa, como se pretende instalar en la opinión pública, atacar instituciones subyacentes como la familia, inculcar de forma arbitraria ideas, gustos o deseos, ni dejar de lado la emocionalidad. Defender la ESI implica establecer espacios de diálogo, discusión y cuidado, abordar la afectividad a partir de las relaciones sociales y comunitarias. Consiste en repensar prácticas cotidianas y estructuras sociales, culturales y económicas que permitan construir un mundo más igualitario e inclusivo en el cual se garanticen los derechos humanos.
Quizás, algún día, esta ley sea parte identitaria y constitutiva de nuestro sistema educativo tal como lo es la ley 1.420. Sin embargo, a veinte años de su sanción, los mecanismos y políticas públicas que garantizan la protección de las infancias y la construcción de un mundo más igualitario para ellos aún se encuentran en disputa.
