El grito amordazado de la juventud en las amenazas de tiroteos en escuelas
Por Agustín Moisano
“Siempre la enfermedad “explota” en momentos de interrogación del sujeto…
La adolescencia es también un momento de interrogación del sujeto.”
Dr. Juan Yaria
“Estoy reclamando el derecho a ser feliz”
Aldous Huxley, Un Mundo Feliz
En las últimas semanas surgieron y se potenciaron casos de amenazas de posibles tiroteos en las escuelas de nuestro país. Esto llevó a que medios de comunicación, autoridades educativas y familias de niños y adolescentes en edad escolar dedicaran tiempo y energía al debate sobre el crecimiento de los casos graves de violencia en el ámbito escolar entre estudiantes.
La pregunta resulta tan obvia como alarmante y compleja: ¿Por qué se dan casos de amenazas de tiroteos, por parte de adolescentes y hacia otros adolescentes, en las escuelas?
El grito amordazado
La muerte de un adolescente por el disparo de otro, en una escuela en la localidad de San Cristóbal, Santa Fe, fue el detonante para que comenzará a discutirse en la agenda pública los peligros a los que están expuestos los jóvenes y, en relación a esto, a la escuela como escenario de esa conflictividad. La gravedad del hecho hizo extender los límites de ese debate. Al mismo tiempo, permitió una amplificación hacia otros jóvenes, que potenciado por las redes sociales digitales, surgieron “retos” para realizar actos de similares características que rápidamente se extendieron por muchas escuelas del país.
Las amenazas, muchas de ellas consistentes en la frase “mañana tiroteo” pintada en baños, afectaron a escuelas en al menos ocho provincias, incluyendo Buenos Aires – con cerca de 1.000 denuncias al 22 de abril- , Mendoza, Tucumán, Neuquén, Río Negro, Tierra del Fuego y Santa Fe.
Estos hechos son un intento de llamado la atención sobre algo profundo, concreta y subjetivamente, que afecta a las adolescencias y juventudes. Complejizando las líneas de análisis realizada en un texto anterior el primer elemento necesario para el desarrollo de tipo de acciones entre la juventud es el de un proceso de precarización y empobrecimiento de la vida cotidiana, el abandono por parte de políticas de Estado para este sector (en áreas que garanticen salud, seguridad, educación, cultura y deporte, entre otras). Las cifras del Informe de Barómetro Social de Deuda a las Infancias de la Universidad Católica Argentina son claras al respecto: el 60 % de los niños, niñas y adolescentes de entre 0 y 17 años, son pobres en Argentina; los niveles de desigualdad que son muy elevados, se mantienen o se incrementan, cerca del 29% de los niños y adolescentes experimentó inseguridad alimentaria, con un 13,2% en su forma más severa. También se destaca que un 50 % de los chicos en Argentina no hacen actividad deportiva, el 80% no aprende un instrumento, ni teatro, ni un idioma.
El impacto de las tecnologías y los entornos virtuales
En segundo lugar, el impacto de las tecnologías y los entornos virtuales, las redes sociales y la digitalización de las relaciones humanas que se expresan en la imposibilidad por parte de esa juventud de construirse futuros deseables posibles, fruto también de la contradicción constante entre la realidad social y los modelos deseados y deseables hábilmente construidos por esos mismos medios y redes sociales digitales.
Con un efecto directo sobre el rendimiento escolar y la salud mental pero, sobre todo, sobre las formas de vincularse con otros, la deshumanización da paso a la insensibilidad hacia el otro (cuando no hacia uno mismo), es potenciada y difundida por las mismas redes tejidas por el tecnofacsismo.
Este estado de situación impacta de diferente manera en adolescentes y jóvenes, en un periodo de cambios y profundas mutaciones personales propias de esa etapa de la vida, en donde se están definiendo identidades – sociales, sexuales, intelectuales y culturales – en un contexto que lo deja a la intemperie y fragilizados sus recursos y estrategias defensivas. Es decir, queda más expuesto a condiciones traumatizantes del medio sociocultural y/o familiar que pueden derivar con facilidad en hechos altamente conflictivos y peligrosos para el conjunto. Así, las adolescencias desesperanzadas material y simbólicamente, bajo la presión de una cultura hegemónica de valores individualistas expresa en estas acciones de amenazas de tiroteos la crisis de expectativas, la exclusión social, el aumento del estrés y la ansiedad desde la apelación a la violencia.
La angustia, el enojo, la frustración y el abandono de esta juventud se transforman en un grito amordazado ante la imposibilidad de comunicar, carente de los símbolos necesarios para poder transmitirlas. La escuela, ámbito “natural” para esta etapa de la vida, que sufre también el achicamiento presupuestario y una campaña de desprestigio social, se enfrenta a la dificultad de dar respuesta y se convierte en la expresión de la autoridad y el Estado que no resuelve ni posibilita proyectar a futuro. Se profundizan las incertidumbres y la vida pierde valor.
Pastillas y pantallas
Las posibles soluciones no se ven, lamentablemente, muy claras en el futuro cercano. Lo que torna a ese futuro más difícil y preocupante de lo que quisiéramos. La ola sin precedentes de amenazas de tiroteos en ámbitos escolares por parte de los adolescentes, hizo que las autoridades hayan desarrollado distintas estrategias de intervención.
El punitivismo picó en punta. Ante la urgencia y la demanda de los medios, pronto aparecieron en escena la policía, las multas y las investigaciones de búsqueda de responsables. El método de la coacción se presentó como la solución, como si eso resolviera el profundo pesar juvenil descrito anteriormente.
Pero este tipo de medidas son la expresión coercitiva de un plan integral de “pastillas y pantallas”. La “prevención” está enmarcada por una medicalización de los padecimientos que afectan a la salud mental (y física) fruto de complejas situaciones de precarización objetiva de la vida. El dolor, la angustia y la desesperanza se intentan mitigar con los fármacos que, si no curan, por lo menos entretienen. Y para obstaculizar la percepción de una realidad cada vez más desesperante, se crea otra, una virtual, donde desaparecen las frustraciones y melancolías. Como el SOMA de Un mundo feliz de Aldous Huxley la virtualidad se constituye en la droga ficticia y omnipresente que garantiza la felicidad artificial, la estabilidad social (y la sumisión política), eliminando el dolor, la tristeza y el pensamiento crítico sin efectos secundarios.
Hay esperanzas.
Como contrapartida, surgieron también “anticuerpos” que cuestionan las medidas adoptadas por el Estado gendarme, por un lado, y las amenazas de tiroteos, por el otro; que supo transformar en conciencia y acción un repudio fundado en lo colectivo y organizado. Acciones que muchas veces nacieron de Centros de Estudiantes, que contaron con el apoyo de familiares, amigos y docentes y que señalaron los pesares que sufre hoy la juventud y, entre otras tantas cosas, la escuela donde quieren desarrollarse. Las demandas al Estado de la generación, presupuesto y calidad de dispositivos de salud Mental; la búsqueda de conformación de redes comunitarias de Salud que posibiliten y garanticen el derecho a la misma, las exigencias de políticas sociales, culturales, deportivas y educativas serias, coherentes y perdurables en el tiempo para las adolescencias y juventudes son solo alguno de los ejemplos que nos han dejado las experiencias en el último mes y que nos permiten vislumbrar que la mordaza de la juventud, poco a poco, da lugar al grito que es imposible callar.
Federico Calabuig
Exxelente nota. Agrego: este gobierno apuesta permanentemente a la fragmentación social para individualizar la angustia postulando como paradigma: “si sufrís es x culpa tuya xq no supiste cómo llegar: a recibirte, a tener tu casa, a llegar a fin de mes, etc