La guerra contra Irán reequilibra el poder mundial
Por Luciano Moretti
El 28 de febrero, fuerzas conjuntas estadounidenses e israelíes lanzaron un ataque aéreo a gran escala sobre Irán, la operación fue llamada “Epic Fury” (Furia Epica), el resultado fue el asesinato del Líder Supremo Ali Jamenei y el inicio de un conflicto militar abierto con la República Islámica de Irán. El conflicto se ha prolongado durante más de tres meses sin solución a la vista. Las conversaciones de paz permanecen estancadas mientras el suministro mundial de petróleo peligra, ya que tanto Irán como Estados Unidos han impuesto un bloqueo en el estratégico Estrecho de Ormuz. Tras no lograr movilizar a sus aliados europeos, EE.UU. se encuentra cada vez más dependiente del impulso de Israel para continuar la guerra. Mientras tanto, Pakistán y China han emergido como mediadores clave, trabajando para mantener la estabilidad regional. Esta guerra está destruyendo los últimos vestigios del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La multipolaridad (y el caos) emergen con más fuerza que nunca. En medio de este caos, Irán ha encontrado una nueva fortaleza y podría convertirse en una potencia mundial de primer orden.
¿Por qué atacó EE.UU. a Irán?
En El fin de la Historia y el último hombre, el reconocido intelectual Francis Fukuyama argumenta que, con el fin de la Guerra Fría, el colapso de la URSS, el ascenso global de la democracia liberal, encarnada por Estados Unidos y su proyecto globalizador como garante del orden liberal internacional, marcó el punto final de la evolución ideológica de la humanidad, ya que ningún sistema ofrece una alternativa más convincente.
Casi cuarenta años después, y pocos días tras el inicio de la agresión estadounidense-israelí contra Irán, Fukuyama nos sorprendió con un retweet de un artículo de opinión titulado “Corea del Norte tenía razón sobre las armas nucleares”. El artículo argumenta que para conservar la soberanía frente al desorden internacional Corea del Norte acertó en no abandonar su programa nuclear en tanto funcionó para desalentar cualquier iniciativa militar contra el pequeño país asiático. Dado que el programa nuclear iraní está en el centro de la guerra, esto habla de la importancia estratégica de la disuasión nuclear para lograr una soberanía efectiva. De hecho, Israel posee un programa nuclear propio por fuera de los controles que impone el orden internacional. Este retweet de parte de Fukuyama anuncia el fin del período del Fin de la Historia que fue el pilar narrativo del proyecto de globalización unipolar de EE.UU.
Mientras el llamado “orden liberal” se desmorona, la política exterior estadounidense se ha vuelto más errática. Como argumentamos aquí, la Casa Blanca busca asegurar el Hemisferio Occidental, retirando sus fuerzas militares de Asia y tratando específicamente de desvincularse de los conflictos de Oriente Medio. Esta estrategia se alinea con las intenciones de la facción América Primero (America First) dentro de la administración Trump. No obstante, esta guerra con Irán parece estar subvirtiendo precisamente ese reposicionamiento geoestratégico. Lo que plantea la pregunta: ¿por qué se involucró Estados Unidos en absoluto?
La primera razón para justificar la agresión estadounidense contra Irán es su programa nuclear. Irán ha enriquecido uranio con éxito y para junio de 2025 ha acumulado 440,9 kg de uranio enriquecido hasta el 60% del isótopo explosivo U-235.. Irán afirma tener intenciones pacíficas detrás de su programa nuclear y ha permitido que organizaciones internacionales inspeccionen sus instalaciones nucleares. Sin embargo, Israel ha denunciado durante los últimos treinta años que Irán logrará un arma nuclear en los próximos tres años. Fue precisamente este programa el que EE.UU. e Israel atacaron en los bombardeos de junio de 2025. En ese momento, el presidente Trump afirmó que el resultado fue la obliteración completa de la capacidad nuclea de Irán.
Para entender cómo surgió este escenario, durante la primera administración Trump la Casa Blanca decidió retirarse unilateralmente del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) firmado durante la administración Obama. Este acuerdo involucró a múltiples actores como el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), EE.UU., Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia, China e Irán. Planteaba inspecciones periódicas del OIEA para verificar que Irán no estuviera desarrollando un arma nuclear, a la vez que Irán se comprometía a reducir el número de centrifugadoras y sus reservas de uranio enriquecido. EE.UU. y los aliados europeos acordaron levantar las sanciones económicas y facilitar la reintegración económica de Irán. El acuerdo también fue respaldado por el Consejo de Seguridad de la ONU.
Como resultado de una política exterior ideológicamente motivada durante su primera administración, Trump se retiró unilateralmente del acuerdo, tras lo cual Irán reanudó y aceleró su programa nuclear. Esto condujo a la operación militar de junio 2025 en la cual Trump confirmó la “obliteración completa”. Ahora, un Trump más intransigente intenta resolver, mediante la guerra, el vacío estratégico que su propia decisión contribuyó a crear.
El segundo objetivo es el cambio de régimen político en Iran. En una conferencia de prensa, el Secretario de Estado Marco Rubio afirmó que “el presidente Trump desearía ver un cambio de régimen”. EE.UU. sostiene que el pueblo iraní ha estado exigiendo un cambio de régimen, narrativa que encontró sustento en las protestas en curso en Irán a finales de 2025 y principios de 2026. Varios grupos de derechos humanos aportaron evidencia sobre represión a protestas masivas, asesinatos en masa y ejecución de presos políticos por parte del gobierno iraní durante las protestas callejeras de diciembre y enero pasados. Por lo que existía un verdadero malestar interno como para provocar estos conflictos. En los primeros días de la campaña de bombardeos estadounidense, esta narrativa cobró impulso, ya que Reza Pahlavi, hijo del ex Sha, emergió momentáneamente como posible figura para un gobierno de transición. Parece que el liderazgo estadounidense creyó que asesinando al Líder Supremo y a los altos mandos iraníes el régimen colapsaría bajo la presión de las movilizaciones populares. La estrategia, sin embargo, malinterpretó la situación: los ataques a objetivos civiles como la escuela de niñas en Minab y a infraestructura crítica, catalogados como crímenes de guerra, le otorgaron al régimen iraní mayor legitimidad para continuar reprimiendo la disidencia civil y también una convincente narrativa antiimperialista.
Un tercer objetivo de EE.UU. en esta guerra es obtener el control sobre el suministro de petróleo proveniente de Irán. Este elemento, aunque considerable, no es el núcleo de esta guerra, como sí lo fue en otras intervenciones estadounidenses en la región, como la guerra en Irak. En este sentido, gracias a nuevas técnicas de extracción de petróleo como la fracturación hidráulica, EE.UU. ha logrado una autonomía temporal en materia de producción petrolera. Y no debemos olvidar la reciente “transición política” en Venezuela que permite el ingreso de capitales estadounidenses en el sector petrolero del país.
Mientras tanto, Israel está aprovechando el caos y ha lanzado una invasión militar terrestre del Líbano, en particular de las regiones del sur donde Israel afirma que opera el grupo militar Hezbollah. Este grupo, junto con Hamas en Palestina, son aliados militares de Irán y reciben apoyo militar y económico, actuando como representantes en la guerra regional entre Irán e Israel. Las provincias del sur del Líbano han sido ocupadas por el ejército israelí, que recientemente anunció la creación de una zona de seguridad a lo largo de la frontera, que permanecerá bajo control militar israelí.
Estados Unidos ha fracasado en derrocar al gobierno de Irán, en obtener mayor control sobre el petróleo iraní y en detener el programa nuclear.
¿Irán emerge como la 4ª potencia mundial?
En un artículo de opinión en el New York Times, Robert A. Pape argumenta que Irán está emergiendo como la 4ª potencia mundial junto a EE.UU., Rusia y China. Este reposicionamiento de Irán en el escenario global es, paradójicamente, en gran parte consecuencia de la campaña militar estadounidense-israelí. Sin la guerra, el bloqueo de Irán sobre el Estrecho de Ormuz habría carecido del pretexto estratégico necesario y habría sido contestado con mayor firmeza por la comunidad internacional.
Además de cerrar el estrecho de Ormuz, y a pesar de haber sufrido daños considerables en su infraestructura estratégica, tanto civil como militar, Irán ha demostrado una gran capacidad de adaptación. El asesinato de los líderes más importantes fue contrarrestado mediante la descentralización del mando militar. La infraestructura civil, aunque gravemente dañada, está siendo reparada con facilidad y rapidez, incluyendo ferrocarriles y puentes. En el frente militar, Irán ha desatado el caos regional atacando bases militares estadounidenses en países vecinos. Mediante el uso de medios de guerra relativamente baratos como los drones, Irán está creando una nueva forma de guerra asimétrica con la que puede no solo resistir con éxito la agresión, sino también contraatacar.
Para apreciar la magnitud de este logro, consideremos el punto de partida económico de Irán. Con un PIB per cápita de alrededor de 5.000 dólares, Irán está clasificado como un país de ingresos medios-bajos, con una economía fuertemente dependiente de las exportaciones de petróleo y limitada desde hace mucho tiempo por las sanciones occidentales. Sobre el papel, no debería representar una amenaza militar seria para la primera superpotencia mundial y sus aliados regionales. Y sin embargo, Irán es una prueba contundente de lo que pueden lograr la construcción estatal sostenida y el pensamiento estratégico. Con contradicciones y limitaciones el gobierno Iraní se ha estado preparando durante años para una guerra asimétrica con EE.UU. e Israel. Su capacidad para absorber y responder a la agresión estadounidense-israelí es el producto de décadas de inversión institucional deliberada en soberanía, un proceso puesto en marcha por la Revolución Islámica y la fundación de la República Islámica. Este régimen autoritario y teocrático ha demostrado ser algo mucho más duradero que una dictadura convencional: un Estado coherente con un horizonte estratégico de largo plazo.
Esto no significa que sea un régimen deseable ni un modelo institucional que otros países debían seguir. Lo que no quiere decir que no existan lecciones importantes para otros países periféricos. Al contrario, es una evidencia adicional de que la agresión de EE.UU. e Israel contra Irán no se basa en preocupaciones por los derechos humanos ni en ninguna consideración por el pueblo iraní; el verdadero asunto es algo más simple e incómodo: la capacidad demostrada de Irán para resistir la imposición extranjera. Vale la pena examinar por qué esto importa para comprender la lógica más profunda de la guerra.
En el sistema interestatal actual, cada Estado miembro es formalmente igual a los demás, pero la economía-mundo capitalista se reproduce mediante un mecanismo oculto: el intercambio económico desigual entre el centro y la periferia. En la carrera por el desarrollo económico, cada Estado ha intentado cortar los flujos de intercambio económico desigual. En este sentido, las guerras anticoloniales de independencia fueron el primer paso del mundo en desarrollo hacia la mejora de sus condiciones económicas, pero la independencia formal no fue suficiente para lograr el desarrollo, por lo que en gran parte del llamado tercer mundo las estrategias “socialistas” se volvieron predominantes siguiendo el ejemplo de la Unión Soviética.
La economía-mundo actual obliga a los Estados que persiguen el desarrollo económico a intentar reducir la cantidad de riqueza y recursos que fluyen hacia el centro para fortalecer su economía y fomentar el crecimiento económico. Sin embargo, al hacerlo, debilitan el poder económico y la disponibilidad de recursos del centro. Esto importa especialmente cuando los recursos en cuestión son factores clave de producción para la economía industrial, como el petróleo. Los Estados del centro típicamente resisten tales intentos mediante herramientas imperiales: sanciones económicas, infiltración, financiamiento de movimientos de oposición o, cuando se enfrentan a líderes populares fuertes, golpes de Estado e intervención extranjera
No obstante, ante el fracaso de EE.UU. e Israel, Irán ha desarrollado un activo geopolítico nuevo y significativo: el control militar sobre el Estrecho de Ormuz, estrecho a través del cual circula aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo. Al controlar el tráfico marítimo por el estrecho, Irán emerge como un actor geopolítico mucho más influyente de lo que era antes de la guerra. Los Estados fuertemente dependientes del petróleo del Golfo, incluidos China, India y Japón, deben ahora incorporar el poder de negociación iraní en sus cálculos de política exterior. Teherán puede ofrecer o restringir el acceso como moneda de cambio, para erosionar la efectividad de las sanciones estadounidenses, profundizar los vínculos económicos bilaterales y consolidar su posición regional. Esta poderosa nueva herramienta ha fortalecido materialmente la soberanía iraní, acercándose al resultado que Israel más teme: un Irán con capacidad nuclear sin restricciones.
Reequilibrio
EE.UU. ya ha gastado 25.000 millones de dólares en su guerra contra Irán. A pesar de la declaración de Trump sobre la “obliteración completa” de Irán y la supuesta destrucción de sus capacidades militares y de defensa aérea, Irán conserva el control del Estrecho de Ormuz y muestra escasa urgencia para negociar. Sean cuales sean los resultados militares sobre el terreno, el gobierno estadounidense parece incapaz de poner fin a una guerra sin objetivos claramente definidos.
Más allá del campo de batalla, se está produciendo un cambio más profundo: EE.UU. e Israel están perdiendo la batalla narrativa. El apoyo a Israel entre los jóvenes estadounidenses (en particular entre los demócratas) está en sus mínimos históricos. Trump basó su campaña prometiendo mantener a EE.UU. fuera de costosas guerras en Oriente Medio, y la percepción generalizada de que la presión israelí impulsó la participación estadounidense ha dañado gravemente la imagen de ambos gobiernos. Con las elecciones de mitad de mandato en el horizonte, esto ha fortalecido el ala izquierda del Partido Demócrata, aumentando el costo político de la continua implicación estadounidense en la guerra.
En la UE, el panorama es similar. No solo porque la guerra ha asestado un enorme golpe a la vida cotidiana al elevar los precios del combustible y la energía, sino también porque el movimiento estudiantil en solidaridad con Palestina ha creado las condiciones para un movimiento más amplio en apoyo a esa causa. En tan solo los últimos dos años, ocho países de la UE han reconocido el Estado de Palestina, mientras el apoyo a Israel cae. A medida que la propaganda israelí se desmorona, resulta más difícil para la UE mantener su postura general de defender los derechos humanos mientras apoya la agresión israelí en curso contra el pueblo palestino y libanés. La UE también ha resistido las presiones de la administración Trump para involucrarse en la guerra contra Irán, generando en algunos casos tensiones incluso con fuertes aliados de EE.UU. como Italia.
Reflexiones finales
La administración Trump ha cometido un error estratégico: involucrarse junto a Israel en una guerra de agresión contra Irán sin un objetivo claro y sin una narrativa que la sustente internamente. Ninguno de los supuestos objetivos es claro ni para los aliados de EE.UU. ni para el público en general. No lograron un cambio de régimen, tampoco eliminar el programa nuclear (que Trump afirmó haber destruido en los ataques de 2025) y ha resultado en el fortalecimiento estratégico de Irán en el escenario internacional, gracias a que la capacidad de represalia de Irán ha sido mayor de lo esperado.
Mientras Irán continúa manteniendo el control marítimo sobre el Estrecho de Ormuz, EE.UU. se encuentra atrapado en una situación difícil. Al no haber declarado claramente cuáles eran los objetivos, ahora resulta muy difícil presentar cualquier resolución de paz como una victoria. Irán sólo tiene que mantenerse firme y esperar a que EE.UU. ofrezca un acuerdo de paz. EE.UU. e Israel parecen completamente aislados, ya que fueron incapaces de movilizar aliados significativos para la guerra. Esto es en parte resultado del cambio en la opinión pública de los países occidentales hacia la guerra en Oriente Medio y hacia Israel en particular; muchos gobiernos de la UE, que previamente se encontraban en una posición política inestable, descubrieron que oponerse tanto a la guerra como a la administración Trump se traducía directamente en un renovado apoyo popular.
Mientras los precios del petróleo suben, la coalición MAGA parece desmoronarse, ya que la corriente América Primero critica la política exterior estadounidense por no atender los problemas cotidianos de los estadounidenses de a pie. La idea de que Israel empujó a EE.UU. a la guerra también ha dado lugar a discursos antisemitas. Este panorama político conflictivo podría conducir a una derrota republicana en las elecciones de mitad de mandato, convirtiendo la guerra en un fracaso total para la administración. Su principal legado, más allá del devastador costo humano y la sostenida presión sobre los mercados energéticos mundiales, podría ser precisamente el resultado que intentó prevenir: la emergencia de Irán como un cuarto polo en un mundo cada vez más multipolar, el mismísimo desorden que el retuit de Fukuyama reconoció en silencio.
Este artículo fue originalmente publicado en su versión en inglés aqui, la traducción fue hecha por el autor.
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