Brasil y la conciencia para sí
*Por Joaquín Torres
Es difícil definir el significado político y social que tiene la épica remontada electoral de Lula. Es muy reciente; la historia nos ayudará más adelante a verlo con mayor claridad. Quizás sea un punto de inflexión en la tendencia política de derechización en el gran continente americano; quizás sea un momento bisagra en la movilización de masas del campo popular en Brasil y Latinoamérica. Solo el tiempo lo dirá.
Sin embargo, hay un aspecto que no deja lugar a dudas: el triunfo de Lula representa una toma de conciencia colectiva en el seno de todas las corrientes democráticas del pueblo brasileño para frenar el avance del fascismo, del negacionismo, del autoritarismo, del militarismo y del intervencionismo norteamericano.
Parece claro que, una porción enorme del pueblo brasileño no olvida lo que fueron los cuatro años de gobierno de Jair Bolsonaro: su negación de la pandemia, el abandono total por parte de su gobierno del cuidado de la salud de las clases populares y periféricas en ese momento tan crítico, la ocupación de cargos en el Poder Ejecutivo y de bancas en el Congreso por parte de militares, el asesinato de Marielle Franco, el aumento descontrolado de la deforestación del Amazonas y la destrucción de derechos laborales.
Ante la primera vuelta de las elecciones presidenciales, que fueron ganadas por Flavio Bolsonaro, pudo haber sucedido que una parte del electorado se quedase pasiva, ya sea por suponer erradamente que Lula iba a ganar o simplemente dejando de participar o votando en blanco, por carecer de esperanzas de que algo pudiese cambiar. Pero luego de esa primera vuelta, cuando el peligro se hizo latente, algo cambió. Como si ese primer round, en lugar de ser un knockout contra Lula, su coalición política y sus bases, hubiera sido un cachetazo que los obligó a despertar, a tomar conciencia.
Inmediatamente se plantearon críticas a la organización de la campaña electoral, tanto desde arriba, en su dirección, como desde abajo, en las bases, y se produjo un movimiento que se retroalimentó. Lula mismo reconoció que había sido la campaña más desorganizada de todas en las que participó (seis desde 1989) y tomó una de las decisiones más acertadas: hacer cambios en el comando de la campaña, dándole lugar a una nueva generación cuya mayor expresión es la de André Janones, abogado de 42 años y diputado federal por Minas Gerais del Partido REDE, quien tomó el control de la campaña digital.
Por otro lado, amplios sectores de la juventud, no solo en las grandes urbes sino sobre todo en las ciudades intermedias, decidieron ponerse a la cabeza de la campaña, saliendo a la calle para manifestarse contra el bolsonarismo en un movimiento de masas espontáneo que, al mismo tiempo, se fue organizando desde comités estudiantiles, sindicatos y movimientos sociales.
En ciudades con una población de más de medio millón de habitantes, como Recife (PE), Niterói (RJ), Feira de Santana (BA), Juiz de Fora (MG), Manaus (AM), Campinas (SP) y Londrina (PR), se organizaron marchas y actos masivos bajo consignas como “Actos por la democracia” o “Caminatas de la virada“, que le dieron a la campaña un alcance y un despliegue territorial por todo el país.
En un recorrido tan corto de tres semanas entre una elección y otra, la izquierda brasileña logró integrar la calle con las redes sociales y reconocer que ambas son necesariamente complementarias. Jugó un rol importante la operación digital dirigida por Janones desde la trinchera de WhatsApp, donde creó un canal de difusión de misiones diarias de campaña con instrucciones claras.
Así se formó el “Ejército de Lula”, que ya superó los 10 millones de activistas en redes y que dio batalla al bolsonarismo en acciones coordinadas para ganar la guerra de los algoritmos, consiguiendo así difundir mensajes y videos masivos, así como convocar a las movilizaciones callejeras.
Es una forma innovadora del uso de las redes desde la izquierda, que evitó entrar en debates virtuales estériles con los bolsonaristas, los cuales solo alimentan las visualizaciones de estos últimos. Al mismo tiempo, permitió una forma de comunicación más orgánica y efectiva para dar respuesta a las necesidades de la campaña. Estas acciones en las calles y las redes pueden explicar el gran cambio en la abstención y el voto en blanco en el ballotage, que sumó más de 3 millones de votos positivos a Lula.
EL FUTURO LLEGÓ
Al calor de este movimiento que se fue potenciando aceleradamente durante tres semanas, varios referentes de una nueva generación de militantes se hicieron más visibles. Por una justa razón, Lula agradeció con mucho énfasis a la juventud movilizada como uno de los actores sociales fundamentales, junto a las mujeres y los ancianos, en el triunfo electoral. Entre estos referentes cabe mencionar a algunos que pueden jugar un rol importante en el próximo gobierno de Lula y en la organización de futuras luchas:
- Ana Elisa: de 21 años, estudiante de Derecho y militante del PT que fue elegida diputada federal por Minas Gerais. Es una influencer con más de 2 millones de seguidores que genera contenido sobre derechos sociales, feminismo, antirracismo y defensa de la educación pública. Junto con Janones, tuvieron un rol determinante en la estrategia de comunicación digital.
- Erika Hilton: de 33 años, mujer negra y transexual que fue reelegida como diputada federal por San Pablo con más de un millón y medio de votos. Militante del PSOL (Partido Socialismo y Libertad) y con más de 9 millones de seguidores en redes sociales, fue fundamental en las convocatorias a las masivas marchas en San Pablo.
- Jones Manoel: de 36 años, profesor de historia, escritor y youtuber con 800 mil suscriptores. Elegido diputado federal por Pernambuco, también militante del PSOL, jugó un papel importante en la organización de movilizaciones en el nordeste, llamando a los jóvenes a tomar las riendas de la campaña y participando en masivas marchas en Recife.
Ellos son la expresión de un movimiento que tomó conciencia de que a la extrema derecha se la combate en las redes y en las calles, en las universidades y en los lugares de trabajo, en WhatsApp y en la reunión familiar. Que la disputa política ya no se agota en los tiempos electorales ni se resuelve exclusivamente en los grandes escenarios de la política institucional. Representan el cambio generacional necesario de referentes del campo popular.
Lula ya ganó. Y quizás sea precisamente ahora cuando comienza el trabajo más importante: estudiar esta breve —por ahora— experiencia de batalla cultural y electoral. No para importar recetas ni reproducir mecánicamente la experiencia brasileña, sino para fortalecer a las izquierdas latinoamericanas, renovar sus estrategias y volver a construir una mayoría social capaz de disputar el presente y, sobre todo, el futuro.



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