Lula y la política de lo imposible
Por Roberto Bassut
Brasil, la remontada y los límites de la ola reaccionaria
El 25 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva revirtió una desventaja de casi dos puntos y obtuvo su cuarto mandato presidencial con el 51,8% de los votos válidos. La victoria fue mucho más que un resultado inesperado: combinó movilización callejera, organización digital y una agenda de derechos sociales para frenar al bolsonarismo. También dejó una señal para América Latina y para una derecha internacional que había convertido a Brasil en una pieza estratégica de su proyecto.
Hay noches electorales en las que los números parecen llegar desde el pasado. No porque confirmen lo que ya sabíamos, sino porque devuelven a la superficie una posibilidad que la política había declarado improbable. La noche del 25 de octubre fue una de ellas. Luiz Inácio Lula da Silva, que tres semanas antes había quedado detrás de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, consiguió revertir el resultado y ganó el balotaje presidencial brasileño. Con el 100% de los votos escrutados, obtuvo el 51,8% de los sufragios válidos, frente al 48,2% de su adversario. La diferencia fue de 4,4 millones de votos.
La cifra tiene una dimensión histórica. Desde la instauración del balotaje presidencial en Brasil, en 1989, ningún candidato que hubiera terminado segundo en la primera vuelta había conseguido ganar la segunda. Lula rompió esa regularidad y se convirtió en el primer presidente brasileño en conquistar cuatro elecciones presidenciales. A sus ochenta años, el dirigente metalúrgico que emergió del sindicalismo de São Bernardo do Campo volvió a demostrar que la política no siempre obedece a las tendencias que las encuestas y los comentaristas presentan como inevitables.
Pero la épica de la remontada puede ser engañosa si se la confunde con una derrota definitiva de la derecha. Flávio Bolsonaro obtuvo el 48,2% de los votos válidos: casi la mitad del electorado brasileño respaldó a un candidato que reivindicó el legado político de su padre, Jair Bolsonaro, condenado por su intento de golpe de Estado. El resultado no expresa la desaparición del bolsonarismo, sino su derrota en una contienda decisiva. La diferencia importa. Lula ganó una elección extraordinaria; ahora deberá gobernar un país que continúa profundamente dividido.
La pregunta, entonces, no es solamente cómo ganó Lula. Es qué tuvo que ocurrir para que una elección que parecía inclinarse hacia la derecha terminara convirtiéndose en una de las remontadas más inesperadas de la historia democrática brasileña.
La derrota que se convirtió en movimiento
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro había conseguido el 47% de los votos válidos, contra el 45,2% de Lula. El resultado sacudió al Partido de los Trabajadores. Por primera vez, el presidente llegaba a una segunda vuelta en desventaja y debía enfrentar una situación que su campaña no había previsto del todo: la gestión económica, los programas sociales y la trayectoria internacional de Lula no alcanzaban para garantizar una mayoría electoral.
Había una contradicción difícil de resolver. Los indicadores macroeconómicos del gobierno mostraban avances: el desempleo había descendido, la inflación se había moderado y la pobreza extrema se había reducido. Sin embargo, esa mejora agregada no se traducía automáticamente en una percepción favorable de la vida cotidiana. El endeudamiento familiar, la presión sobre los ingresos y las aspiraciones de una nueva clase media trabajadora erosionaban el apoyo oficialista. Como recordaba la economista brasileña Maria da Conceição Tavares, nadie come producto bruto interno: la economía también se mide en la mesa, en el alquiler, en las cuotas y en el tiempo que queda después de trabajar.
La derecha había conseguido conectar con malestares que no se explicaban exclusivamente por los indicadores económicos. Su discurso articulaba antipetismo, valores conservadores, promesas de mano dura y una retórica meritocrática que presentaba al Estado como obstáculo para la iniciativa individual. Flávio Bolsonaro proponía recortar el gasto público, congelar salarios y flexibilizar las condiciones laborales. La campaña de Lula, en cambio, había confiado demasiado en la enumeración de sus logros y demasiado poco en la capacidad de convertirlos en una promesa colectiva de futuro.
La primera vuelta obligó a cambiar el libreto. Lula dejó de presentarse solamente como el administrador de una economía que mejoraba y volvió a ocupar el lugar del dirigente político que convoca, confronta y organiza. La campaña se hizo más combativa, multiplicó las movilizaciones y puso en primer plano medidas concretas: aumentos del salario mínimo por encima de la inflación, fortalecimiento de la atención primaria de salud, extensión de la jornada escolar y reducción del tiempo de trabajo (el 5 x 2).
No se trataba de una discusión abstracta sobre modelos de país. Se discutía qué podía esperar una familia de sus ingresos, cuánto tiempo debía dedicar al empleo, qué servicios públicos tenía a disposición y qué lugar podía ocupar en una sociedad atravesada por la desigualdad. En una elección marcada por el rechazo a los candidatos, Lula logró convertir una parte de ese malestar en una defensa activa de derechos y conquistas.
Las calles, las redes y el regreso de la política
La primera clave de la remontada fue visible antes de que aparecieran los resultados: las calles volvieron a llenarse. Las manifestaciones en las principales ciudades brasileñas contrastaron con la frialdad que había mostrado la campaña de Lula antes de la primera vuelta. La movilización no solo ofreció imágenes de apoyo; produjo entusiasmo, fortaleció la confianza de los militantes y transmitió la idea de que el resultado todavía podía cambiar.
Hubo también un componente generacional. La campaña logró movilizar a jóvenes que habían mostrado apatía o distancia respecto de la política institucional. En ese movimiento, Lula no apareció únicamente como el representante de una generación anterior, sino como una garantía posible frente al retroceso de derechos, el encarecimiento de la vida y la amenaza de una agenda conservadora.
La calle, sin embargo, no explica por sí sola una elección del tamaño de Brasil. La segunda clave fue digital. Durante años, la derecha había construido una ventaja importante en las redes y en los circuitos de mensajería, donde el mensaje político circula mezclado con información, rumores, emociones y vínculos cotidianos. La campaña de Lula había quedado rezagada en ese terreno. La remontada exigió reconocerlo y actuar en consecuencia.
El diputado André Janones impulsó el llamado “Ejército de Lula”, un canal de WhatsApp que, según los datos difundidos por la campaña, pasó de unos 50.000 integrantes a cerca de 11 millones en pocas semanas. La iniciativa organizó tareas, coordinó mensajes y amplió la circulación de contenidos favorables al presidente. No fue simplemente una estrategia de propaganda: funcionó como una infraestructura de movilización, capaz de conectar la conversación digital con la militancia territorial y la convocatoria electoral.
La lección es menos tecnológica que política. Las redes no sustituyeron a las calles; ayudaron a que la energía de las calles circulara, se amplificara y llegara a sectores que la campaña tradicional no conseguía alcanzar. La organización digital permitió disputar un espacio que la derecha había tratado como propio.
También importó la capacidad de la campaña para llevar al debate televisivo conflictos concretos. Frente a la retórica de la mano dura y el antipetismo, Lula recuperó su historia como obrero metalúrgico y puso en discusión la violencia policial, los derechos laborales y las consecuencias sociales de las políticas públicas. En una elección tan polarizada, no alcanzaba con demostrar quién tenía mejores argumentos: había que reconstruir una identificación emocional con la experiencia de quienes trabajan y viven de su salario.
Los votos que faltaban
La remontada tuvo una condición decisiva: más brasileños fueron a votar. La participación pasó del 79,1% al 81% del padrón, casi tres millones de personas más que en la primera vuelta. Al mismo tiempo, el voto en blanco y nulo cayó del 4,8% al 3,2% de quienes concurrieron a las urnas.
Lula sumó alrededor de 10,4 millones de votos entre ambas rondas; Flávio Bolsonaro, unos 3,7 millones. Los candidatos eliminados en la primera vuelta habían reunido 9,3 millones de sufragios, pero la transferencia de esos apoyos no explica por sí sola el desenlace. Las estimaciones basadas en el análisis de cientos de miles de actas electorales sugieren que el factor más importante fue la incorporación de nuevos votantes y el desplazamiento hacia Lula de una parte de quienes habían votado en blanco o anulado.
La diferencia política es sustancial. La victoria no dependió únicamente de convencer a los electores que habían elegido a otras candidaturas. Dependió de reactivar a quienes no habían participado y de persuadir a una porción de quienes, en la primera vuelta, no habían encontrado una opción que los representara. En una elección definida en gran medida por el rechazo, ganó quien logró transformar una parte de la desafección en participación.
La campaña también consiguió convertir propuestas laborales y sociales en un terreno de disputa. La reducción de la jornada laboral —una demanda que cuestiona el régimen conocido como 6×1, con seis días de trabajo por uno de descanso— ganó centralidad entre los trabajadores y los jóvenes. El gobierno adelantó pagos de Bolsa Familia, amplió medidas de alivio para familias endeudadas y promovió otras iniciativas orientadas a sostener los ingresos. La oposición cuestionó el uso electoral de las herramientas de gobierno; sus defensores las presentaron como respuestas a necesidades materiales urgentes. En cualquier caso, esas decisiones mostraron que la elección se disputaba también en el terreno de las condiciones concretas de vida.
La paradoja es que los resultados económicos favorables del gobierno no habían bastado para asegurar su continuidad. Fue necesario convertirlos en una experiencia reconocible, sumar nuevas propuestas y recuperar una iniciativa política que la primera vuelta había puesto en duda.
El mapa de una victoria desigual
El resultado nacional oculta una geografía electoral más compleja. En comparación con la primera vuelta, la diferencia se desplazó a favor de Lula en el 97% de los municipios brasileños. El movimiento fue extendido, aunque no uniforme: el presidente mejoró en los veintisiete estados, mientras que su adversario mantuvo apoyos importantes en zonas rurales y regiones vinculadas al agronegocio.
El Nordeste volvió a ser una pieza fundamental. La ventaja de Lula en esa región creció de 11,1 a 13,7 millones de votos, impulsada también por una participación que alcanzó el 83,5%, la más alta del país. Allí confluyeron una tradición de apoyo al Partido de los Trabajadores, la importancia de las políticas sociales y la memoria de una transformación material asociada a los gobiernos anteriores de Lula.
Pero el Nordeste no alcanzaba por sí solo. La remontada se consolidó porque Lula redujo a la mitad su desventaja en el Sudeste: pasó de perder por 5,7 millones de votos a hacerlo por 2,8 millones. Minas Gerais, estado que suele funcionar como termómetro electoral del país, cambió de ganador entre las dos vueltas y terminó favoreciendo a Lula con el 50,4%. El presidente también se impuso en las grandes ciudades de São Paulo y Río de Janeiro.
La victoria, por lo tanto, no puede explicarse como una simple repetición del mapa tradicional del lulismo, con un Nordeste popular enfrentado a un Sur y un Centro-Oeste conservadores. Lula conservó su fortaleza en el Nordeste, pero consiguió mejorar su posición en centros urbanos decisivos. En términos comparativos, su apoyo se volvió más metropolitano y algo menos rural que en 2022.
La tendencia tiene un reverso. Frente a 2022, Lula perdió terreno en numerosos municipios pequeños y en zonas donde el agronegocio tiene un peso considerable. El bolsonarismo conserva una base social extendida, vinculada no solo a los grandes propietarios rurales, sino también a redes religiosas, valores conservadores y una concepción individualista del ascenso social. No es una anomalía que pueda desaparecer con una victoria electoral: es una fuerza política organizada que deberá ser enfrentada también fuera de las campañas.
El mapa de 2026 deja así una conclusión doble. Lula logró ampliar su ventaja donde vive más gente, aun cuando retrocedió en cantidad de municipios ganados. La derecha, por su parte, conserva territorios y electores que no pueden reducirse a una manipulación digital ni a una reacción pasajera. La disputa brasileña sigue abierta.
Brasil no acepta ser el patio trasero de nadie
El triunfo también se proyecta más allá de las fronteras nacionales. Brasil es la mayor economía de América Latina, integra los BRICS y ocupa una posición estratégica en el Sur Global. Su política exterior, su peso comercial y su capacidad de interlocución internacional hacen que el resultado de sus elecciones tenga consecuencias que exceden ampliamente la política interna.
En los meses previos al balotaje, Donald Trump había recibido a Flávio Bolsonaro en la Casa Blanca y respaldado su candidatura. La administración estadounidense también había aplicado aranceles a productos brasileños y sanciones contra funcionarios judiciales, en un contexto de confrontación con las instituciones que condenaron a Jair Bolsonaro por su intento de golpe de Estado. Lula convirtió esa presión en uno de los ejes de su campaña: presentó la elección como una disputa entre soberanía y subordinación, entre la autonomía de Brasil y la pretensión de una potencia extranjera de intervenir en sus decisiones.
El resultado frustró una apuesta internacional. El candidato apoyado por Trump perdió, pese a haber llegado primero a la segunda vuelta. La derrota fue también un revés para Javier Milei, que había acompañado públicamente a Flávio Bolsonaro y convertido la contienda brasileña en una oportunidad para fortalecer a la derecha regional. La victoria de Lula muestra que la coordinación entre liderazgos conservadores, plataformas digitales y respaldos externos no garantiza el control de una sociedad electoralmente movilizada.
Pero sería apresurado anunciar, a partir de Brasil, el final de la ola reaccionaria. En los últimos años, las derechas han demostrado capacidad para construir mayorías electorales, imponer temas en la conversación pública y convertir malestares económicos y culturales en proyectos de poder. La elección brasileña señala un límite a esa expansión, no su desaparición. También demuestra que el avance de la derecha no es irreversible: puede ser enfrentado cuando existe una propuesta material, una organización capaz de disputar la esfera digital y una movilización social que encuentre motivos para participar.
La reacción de Flávio Bolsonaro, que anunció que buscaría impugnar el resultado y cuestionó la extensión del horario de votación, añadió una dimensión institucional al conflicto. La decisión judicial había respondido a dificultades logísticas y climáticas, y ambas campañas habían solicitado algún tipo de prórroga. La impugnación no modifica el hecho central de la elección: Lula ganó con una diferencia de millones de votos. Sin embargo, la disputa por la legitimidad del resultado muestra que la polarización no termina cuando se cuentan las urnas. En las democracias sometidas a la presión de fuerzas autoritarias, el reconocimiento de la derrota forma parte de la contienda por las reglas mismas del juego.
Una victoria sin cheque en blanco
Hay una tentación comprensible de leer la noche del 25 de octubre como una reparación histórica. Lula, que atravesó la cárcel, la persecución judicial y el regreso a la presidencia, volvió a imponerse cuando muchos lo daban por vencido. Su victoria confirma una capacidad excepcional para resistir, recomponer alianzas y volver a construir una mayoría. Pero el relato de la leyenda puede ocultar la dimensión más difícil del desafío que comienza.
El Congreso seguirá siendo adverso. El Partido Liberal contará con 121 de las 513 bancas de la Cámara de Diputados, frente a las 88 de la coalición del PT, y tendrá 28 de los 81 escaños del Senado. Lula deberá negociar con el llamado Centrão, un conjunto de fuerzas pragmáticas que puede acompañar iniciativas de gobierno, pero también limitar su alcance. La victoria presidencial no se traduce automáticamente en una mayoría legislativa ni en la capacidad de transformar el Estado a voluntad.
Tampoco resuelve el malestar de los sectores que se alejaron del oficialismo durante la primera vuelta. Una parte de la sociedad brasileña continúa endeudada, desconfía de la política tradicional y encuentra en el discurso conservador una explicación para sus frustraciones. La mejora de los indicadores económicos no será suficiente si no se convierte en seguridad cotidiana, mejores salarios, tiempo libre, servicios públicos y posibilidades reales de futuro.
La tarea de Lula será, entonces, más compleja que la de derrotar a Flávio Bolsonaro. Tendrá que demostrar que la política democrática puede responder a las demandas materiales de una sociedad desigual sin abandonar la defensa de los derechos y las instituciones. También deberá sostener la autonomía internacional de Brasil en un escenario en el que la presión de Washington, las tensiones comerciales y la disputa por el lugar del Sur Global seguirán presentes.
La remontada dejó una imagen poderosa: un presidente que parecía haber perdido la iniciativa recuperó las calles, organizó las redes, volvió a hablar de derechos y consiguió que millones de personas participaran para impedir una victoria de la derecha. La elección mostró que la historia no se escribe únicamente desde los gobiernos ni desde los algoritmos; también se decide cuando una sociedad reconoce lo que está en juego y vuelve a actuar en común.
Brasil no ha dejado atrás el bolsonarismo, ni América Latina ha encontrado una fórmula definitiva para frenar a las derechas. Pero el resultado del 25 de octubre destruyó una certeza: que la expansión reaccionaria solo podía avanzar y que las fuerzas populares estaban condenadas a administrar sus retrocesos. Lula ganó porque logró convertir la resistencia en una mayoría electoral. La pregunta que deja abierta su victoria es si esa mayoría podrá convertirse, ahora, en una fuerza social capaz de transformar las condiciones que hicieron posible la disputa.


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