Una práctica silenciosa: reflexiones sobre la violencia psicológica y la estructura patriarcal a partir del caso de Nacho Levy
Por Clara Suarez
La denuncia pública realizada por la sexóloga Cecilia Ce contra su expareja, Nacho Levy, referente de La Garganta Poderosa, reabrió un debate que trasciende ampliamente a las personas involucradas. Las repercusiones del caso no solo pusieron nuevamente en agenda las violencias que pueden darse dentro de las relaciones afectivas, sino que también expusieron discusiones sobre las formas de vincularnos, el tratamiento mediático de las denuncias y la utilización política que muchas veces se hace de estos episodios.
Uno de los aspectos más relevantes del caso es que volvió a visibilizar una modalidad de violencia que, pese a estar reconocida por la legislación argentina, continúa siendo una de las más difíciles de identificar: la violencia psicológica. La Ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres define a la violencia psicológica como aquella que provoca daño emocional, disminuye la autoestima o busca controlar las acciones, decisiones y conductas de una persona mediante amenazas, hostigamiento, manipulación, humillación, vigilancia constante, aislamiento, culpabilización o cualquier otra conducta que afecte su autonomía y su salud mental.
Cuando se lee esta definición resulta relativamente sencillo reconocer estas prácticas. Sin embargo, en la experiencia cotidiana la identificación suele ser mucho más compleja. Precisamente allí radica una de las principales dificultades: la violencia psicológica rara vez comienza con manifestaciones evidentes. Por el contrario, suele instalarse de manera gradual, naturalizando comportamientos que muchas veces son interpretados como expresiones de afecto, protección o preocupación.
El control permanente sobre los horarios, la necesidad de conocer cada movimiento de la otra persona, los celos justificados como demostraciones de amor o las restricciones presentadas bajo el argumento del cuidado constituyen algunos de los mecanismos más frecuentes mediante los cuales estas dinámicas logran legitimarse dentro de la relación.
Esa dificultad para reconocer la violencia explica, en parte, uno de los cuestionamientos que aparecieron rápidamente tras hacerse pública la denuncia:
¿cómo una profesional especializada en sexualidad y vínculos pudo atravesar una situación de estas características sin advertirla antes?
La pregunta, aunque comprensible, parte de una premisa equivocada. Ninguna formación profesional inmuniza frente a las dinámicas de violencia. Las relaciones afectivas involucran emociones, expectativas, afectos y procesos graduales de desgaste que dificultan enormemente identificar aquello que, visto desde afuera, puede parecer evidente.
La violencia psicológica no opera de manera abrupta. Se construye lentamente modificando percepciones, debilitando la confianza en una misma y erosionando la autonomía personal. Por eso muchas mujeres reconocen lo que estaban viviendo recién cuando logran salir de ese vínculo o cuando escuchan experiencias similares narradas por otras personas.
En este sentido, la denuncia pública también permitió que otras mujeres compartieran sus propias vivencias con el mismo referente, describiendo patrones
semejantes de control, desgaste emocional y manipulación. La reiteración de esos relatos volvió visible que no se trataba únicamente de una experiencia individual, sino de dinámicas que merecen ser discutidas colectivamente.
Sin embargo, el alcance del debate no debería limitarse exclusivamente al caso puntual. Lo verdaderamente importante es que este episodio abrió nuevamente una conversación mucho más amplia acerca de cómo construimos nuestros vínculos y cuáles son los límites entre el cuidado, el afecto y el control.
En los últimos años, especialmente a partir del crecimiento del movimiento feminista y de movilizaciones como Ni Una Menos, estas discusiones comenzaron a instalarse con mayor fuerza en distintos espacios sociales. Ya no se trata únicamente de denunciar hechos extremos de violencia física, sino también de reflexionar sobre aquellas prácticas cotidianas que muchas veces funcionan como su antesala.
Esa conversación también involucra a muchos varones que hoy manifiestan dudas genuinas acerca de cómo relacionarse afectivamente en un contexto donde las reglas tradicionales están siendo profundamente cuestionadas. Lejos de interpretarse como un obstáculo, esa incertidumbre puede convertirse en una oportunidad para revisar prácticas naturalizadas y construir vínculos basados en el respeto, el consentimiento y la autonomía mutua.
Cuando tambalean las referencias: entre el debate ideológico y las responsabilidades individuales
Tras varios días de silencio, Nacho Levy difundió un comunicado público en el que pidió disculpas a quienes manifestaron haber vivido experiencias dolorosas junto a él. En ese mensaje reconoció que muchas conductas que durante años no había identificado como formas de violencia efectivamente lo eran y expresó su decisión de iniciar un proceso de revisión personal, acompañado por terapia y asistencia profesional.
Las opiniones sobre ese comunicado fueron diversas. Para algunas personas representó un reconocimiento necesario; para otras resultó insuficiente frente a la gravedad de los testimonios difundidos. Lo cierto es que ninguna declaración pública alcanza, por sí sola, para reparar el daño que pueden producir las relaciones atravesadas por dinámicas de control y manipulación. Los procesos de transformación requieren tiempo, responsabilidad y cambios sostenidos en las prácticas.
Al mismo tiempo, La Garganta Poderosa publicó un comunicado institucional en el que expresó su solidaridad con las mujeres que hicieron públicos sus relatos y reafirmó su compromiso con la erradicación de las violencias de género. El mensaje también sostuvo que las denuncias contra uno de sus referentes no invalidan el trabajo colectivo que la organización desarrolla desde hace años en los barrios populares, una tarea impulsada por cientos de vecinas, vecinos y militantes, muchas de ellas sobrevivientes de distintas formas de violencia.
Ese posicionamiento abre una discusión importante. Las organizaciones sociales no son inmunes a las prácticas patriarcales precisamente porque forman parte de la misma sociedad que buscan transformar. Reconocer esa realidad no implica deslegitimar las causas que defienden, sino comprender que ninguna identidad política constituye, por sí misma, una garantía contra las violencias. Sin embargo, una parte importante de la cobertura mediática desplazó rápidamente el eje de la discusión. En numerosos espacios el foco dejó de estar puesto en las experiencias relatadas por las denunciantes para convertirse en una herramienta de confrontación política. El caso comenzó a utilizarse para desacreditar determinadas posiciones ideológicas, como si las violencias machistas respondieran exclusivamente a una pertenencia partidaria.
Ese enfoque simplifica un problema profundamente estructural. El patriarcado no distingue entre espacios políticos, organizaciones sociales, ámbitos laborales ni sectores culturales. Las prácticas de control, manipulación y violencia atraviesan a toda la sociedad y pueden reproducirse incluso allí donde existen discursos comprometidos con la igualdad de género.
Precisamente por tratarse de una problemática estructural, el desafío no consiste únicamente en señalar responsabilidades individuales, sino también en revisar las formas de socialización que sostienen esos comportamientos. La violencia psicológica no aparece de manera aislada: se construye sobre mandatos culturales que durante décadas asociaron el amor con la posesión, los celos con el interés y el control con el cuidado.
Otro aspecto que volvió a quedar en evidencia fue el modo desigual en que algunos medios de comunicación abordan las denuncias por violencia de género. Mientras en numerosos casos se exige a las denunciantes pruebas inmediatas y se pone en duda la veracidad de sus testimonios, en esta oportunidad muchos de esos mismos sectores omitieron ese nivel de cuestionamiento y utilizaron el episodio principalmente como un recurso para disputar sentido político. La cobertura también generó polémicas por el tratamiento recibido por periodistas vinculadas al espacio ideológico de Levy, quienes fueron increpadas públicamente para que respondieran por hechos que no protagonizaron. Ese tipo de intervenciones corre el riesgo de desviar nuevamente la atención: el centro del debate debería permanecer en las personas que denunciaron las violencias y en las transformaciones sociales necesarias para prevenirlas, no en las disputas partidarias que terminan opacando el problema de fondo.
Más allá del impacto mediático del caso, la discusión deja una enseñanza que excede a sus protagonistas. Hablar de violencia psicológica continúa siendo una tarea indispensable porque se trata, junto con la violencia simbólica, de una de las formas más difíciles de reconocer y, al mismo tiempo, una de las que con mayor frecuencia antecede a otras manifestaciones de violencia.
La construcción de vínculos más igualitarios no depende exclusivamente de la voluntad individual de una persona. Requiere conversaciones incómodas, revisión de prácticas profundamente naturalizadas y un compromiso colectivo para modificar los modelos culturales desde los cuales aprendimos a relacionarnos.
Los cambios estructurales nunca ocurren de un día para otro. Sin embargo, cada debate público que permite nombrar aquello que antes permanecía invisible representa un paso significativo. Visibilizar la violencia psicológica, escuchar los testimonios de quienes la atravesaron y promover espacios de reflexión entre mujeres y varones constituye una condición necesaria para construir relaciones más libres, respetuosas y equitativas.
El verdadero desafío no consiste únicamente en reaccionar frente a un caso que adquiere notoriedad pública. Consiste, sobre todo, en sostener estas conversaciones cuando las cámaras se apagan, entendiendo que transformar las formas de vincularnos es una responsabilidad colectiva que involucra a toda la sociedad.
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