Francia: la revuelta de lo material y lo sensible
Los estudiantes franceses comenzaron reclamando profesores, escuelas en condiciones dignas y un futuro menos incierto. Ante la inacción gubernamental, tomaron los liceos, pintaron pancartas, recuperaron a los muertos de la historia republicana y abrieron una disputa por los signos ¿quién tiene derecho a hablar en nombre de una generación?
La represión trajo la solidaridad sindical, la organización de lo espontáneo y una convergencia amplia. La radicalidad y la masividad están siendo acompañadas por formas de protección ante la brutal represión y detenciones masivas. Las demandas se ampliaron: de la educación al costo de vida, del costo de vida al fracaso del proyecto europeo. La crisis francesa es el síntoma de una crisis más grande.
Las causas son estructurales. Lo que parece haberse quebrado no es solamente la capacidad de cumplir la promesa republicana de igualdad, sino también su credibilidad. Para una parte de las generaciones más jóvenes, la perspectiva de alcanzar una vida materialmente más estable que la de sus padres ha dejado de ser una expectativa razonable. La crisis financiera de 2008, los efectos de la pandemia y el encarecimiento sostenido de la vida forman parte de un proceso más amplio, en el que el acceso al empleo estable, la vivienda y la prosperidad se vuelve cada vez más incierto. El ascensor social no necesariamente se ha detenido para todos, pero la posibilidad de ascender ya no puede presentarse como el horizonte común de una generación.
La crisis europea es orgánica, como afirma Gabriel Merino es la crisis del proyecto europeo de posguerra, que se expresa en la pérdida de peso relativo en el concierto global: la Unión Europea pasó de representar el 26,5 % del PBI mundial al 17,9 % actual. Las condiciones históricas para un proyecto europeo autónomo se disipan, mientras Europa queda subsumida, sin autonomía, a los designios de Estados Unidos y la OTAN. Las guerras en curso en Ucrania e Irán, dispararon precios.
LA REPÚBLICA PERDIDA
La historia comenzó antes de que sus protagonistas salieran a la calle. Comenzó cuando la distancia entre lo que la República prometía y lo que ofrecía se hizo cada vez mayor. Una de las instituciones sobre las que se construyó aquella promesa de igualdad, la educación, ofrece hoy escuelas deterioradas, aulas saturadas y falta de docentes. La demanda estudiantil fue concreta: una ampliación de diez mil millones de euros para el presupuesto educativo y la suspensión del Parcoursup, el sistema que regula el acceso a la educación superior y que los estudiantes consideran discriminatorio y selectivo.
La negativa del Gobierno a atender estas demandas tiene una explicación: Emmanuel Macron prioriza el gasto militar y la reducción del déficit mediante recortes drásticos en educación, salud y pensiones, que afectan principalmente a la clase trabajadora y a la juventud.
El deterioro del Estado del bienestar arrastra años y encuentra en la educación pública una de sus expresiones más visibles. Las movilizaciones recientes comenzaron en liceos e institutos de barrios populares, es decir de las periferias al centro, donde las infraestructuras en ruinas —con “techos cayéndose a trozos”— conviven con la falta de profesorado y aulas masificadas.
El conflicto se inscribe en un escenario de severa austeridad presupuestaria. Para contener el déficit público en el 5 %, frente a una deuda que roza el 121,7 % del PBI, el Gobierno francés proyecta una serie de recortes que alcanzan la salud, las pensiones, las prestaciones familiares y las ayudas a la vivienda. La magnitud del ajuste permite dimensionar el alcance de esa política: unos 9.000 millones de euros menos en protección social, incluidos 4.000 millones en salud, 900 millones en hospitales y residencias de mayores, 1.000 millones en prestaciones por baja laboral y otros 800 millones en bajas por accidentes de trabajo.
El ajuste también alcanza a los ingresos y las condiciones de vida de los hogares. La revalorización de las jubilaciones sufriría un recorte de 4.100 millones de euros, con incrementos por debajo de la inflación, mientras que las prestaciones familiares y las ayudas al inicio del curso escolar perderían 1.600 millones. A esto se suman 300 millones menos en ayudas a la vivienda y la congelación de la base salarial de los empleados públicos. No se trata, por tanto, de un ajuste circunscripto a una institución o a un sector: sus efectos atraviesan distintas dimensiones de la reproducción cotidiana de la vida.
La orientación del presupuesto adquiere otro significado cuando se observa qué partidas se recortan y cuáles se amplían. Mientras las escuelas, la salud y las pensiones afrontan congelamientos o reducciones, el gasto militar y de defensa aumenta en 6.400 millones de euros. La oposición entre gasto social y rearme condensa el sentido político del ajuste y ayuda a explicar la fuerza de una de las consignas centrales de las protestas: “dinero para las escuelas y los institutos, no para la guerra”.
Una de las cuestiones que se abren es quien capitalizará el descontento. El macronismo parece estar acabado políticamente. Las últimas elecciones municipales mostraron un enorme avance de las izquierdas en las grandes ciudades, con victorias importantes en París, Marsella y Lyon, pero con dificultades para construir una estrategia común. La extrema derecha de Le Penn logró una expansión territorial con límites en las grandes ciudades y consiguió más alcaldías. Las protestas abren un nuevo escenario, donde la ultraderecha querrá capitalizar su poder político como garantes del orden ante el “caos”, y la izquierda tendrá el desafío de sortear las divisiones y tomar parte del programa callejero para ser voceros y cautivar el descontento.
UNA DISPUTA POR LOS SIGNOS DEL FUTURO
Al mismo tiempo, ocurre algo más: la disputa no se libra solamente en las calles, las instituciones o los medios; también se juega en las imágenes, los nombres y las formas de contar lo que está pasando. Las protestas son una respuesta material a la precariedad y una disputa simbólica por su representación. Pero también son escenarios donde se ensayan formas de subjetividad y experiencias de vida colectiva capaces de desbordar los límites entre las demandas concretas y los anhelos de una vida menos agobiante.
Una profesora francesa escribió en un cartel durante las movilizaciones: “Les enseñamos historia y decidieron hacerla”. La historia francesa está llena de revoluciones e insurrecciones, pero también de colonialismo y racismo; de cuerpos sacrificados en nombre de la libertad o sometidos a la colonialidad, esa que todavía persiste puertas adentro, en la vida de cada inmigrante o en cada bandera de Palestina enarbolada. Hoy, en Francia, como en los años sesenta, se rebela la juventud, al mismo tiempo que se rebelan los resabios neocoloniales, como ocurre en Burkina Faso, en África. La liberación argelina de 1962 quebró el mito de una Francia puramente democrática y defensora de los derechos humanos. La revuelta vuelve a poner en cuestión la distancia entre las promesas republicanas y las condiciones materiales de existencia, entre la igualdad proclamada y las desigualdades persistentes, entre los ideales de libertad y las experiencias históricas de dominación. ¿Qué mitos quebrará esta revuelta?
En los liceos ocupados aparecieron guillotinas dibujadas, referencias a Robespierre y Olympe de Gouges, el mayo francés del 68 y afiches que recordaban a Malik Oussekine, el estudiante francés de origen argelino muerto por la violencia policial durante las protestas universitarias de 1986. La historia dejó el cuaderno del aula y se volvió un repertorio de gestos, referencias y conflictos disponibles para interpretar el presente.
Las últimas revueltas que recorrieron distintas partes del mundo —desde Chile, Bangladesh, Sri Lanka, India hasta Francia, Albania, Italia, Grecia, Portugal o España— tienen un hilo conductor: la juventud. Más allá de las particularidades de cada conflicto, hay una experiencia que conecta: el develamiento de que el capitalismo contemporáneo, atravesado por profundas desigualdades y por transformaciones aceleradas en los modelos de acumulación y las tecnologías, ha erosionado las promesas sobre las que se construía la expectativa de un futuro mejor. El esfuerzo individual nunca garantizó el éxito, pero durante décadas ciertas trayectorias —estudiar, formarse, acceder a un empleo estable— alimentaron la expectativa de una vida más segura y de mejores condiciones materiales. Hoy, esas vías ya no ofrecen las mismas certezas. El vínculo con el mercado se ha vuelto despiadado: exige cada vez más, mientras ofrece menos certezas.
Al mismo tiempo, el fenómeno alienante de la vida dentro un Smartphone, supuso paradójicamente, que en cada revuelta esos dispositivos y las redes aceleren la movilización, pero no reemplazan la política.
Los medios intentan reducir el conflicto a los hechos de violencia. Pero los manifestantes no piden solamente ser vistos, sino intervenir en aquello que merece ser visto: «Hablen de nuestras ideas, no de los tachos quemados». La visibilidad, sin embargo, y la disputa por su representación son también resultado de la radicalidad y la masividad de la protesta. La irrupción habilita la discusión del sentido; sin ella, esa disputa no habría sido posible.
Las barricadas, las asambleas, las tomas de liceos o el incendio de instituciones son respuestas a una violencia cotidiana y silenciosa: la de la desigualdad normalizada, la explotación, el genocidio televisado y la violencia simbólica que naturaliza la precariedad o culpabiliza a las víctimas del descarte. Sin embargo, ese desplazamiento de fuerzas vitales insurrectas, de masividad y violencia urbana, hacia una cobertura mediática centrada en la conducta de los manifestantes y los daños materiales, entra en tensión con los nuevos lenguajes que organizan la experiencia callejera. Las pancartas fotografiadas no son un adorno de la movilización: son parte de lo que la movilización produce.
Tal vez la pregunta no sea únicamente qué puede cambiar esta revuelta, o qué resultado electoral se avecina, sino qué vuelve imaginable en un mundo donde cuesta imaginar futuros. Las irrupciones colectivas, muchas veces, no se limitan a expresar solo el malestar: sino a disputar los límites de lo posible. En las calles francesas, entre la precariedad material y la invención de nuevos lenguajes, se juega también esa disputa: la de una generación que ya no encuentra en el orden existente las certezas que necesita para vivir, pero que todavía busca las palabras, los símbolos y las formas para construir otro horizonte.



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