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Seamos libres… ¿lo demás no importa nada?

REFLEXIONES ACERCA DEL LIBERALISMO INDIVIDUALISTA

Por Juan Pablo Alba*

El montaje del contexto

“Queremos ser libres”, manifiestan los carteles que se vieron replicados por miles, en las plazas del país.

La marcha la hicieron un 17 de agosto, justamente, para montar sus reclamos sobre la figura popular de José de San Martín, héroe patrio reconocido por las masas, y uno de los padres de la libertad de América del Sur, junto a Bolívar.

La protesta estaba convocada, entre otras expresiones políticas de varios matices, por Cambiemos y sus principales referentes, que incluso desfilaron ante los medios haciendo gala de su militancia en las calles en plena cuarentena, posando ante las cámaras y brindando opiniones “al pasar”, en un clara operación mediática de propaganda política.

¡LIBRES!, había tuiteado Macri en la anterior oportunidad, y ahora acompañó la marcha desde alguna cómoda reposera en Europa.

“Infectadura”, “¿y mis derechos dónde están?”, repite un variopinto coro de peligrosos buitres mediáticos, un circo en el que desfilan desde los Milei hasta los Leuco, y vociferan haciendo eco en don Martínez, que atiende una panadería en Calamuchita.

La situación es compleja, y las contradicciones históricas, bien anudadas en nuestras conciencias, se actualizan como “novedad”, recreando discusiones que, en algunos casos, representan siglos de disputa filosófica e ideológica.

El contexto es real y tienen base objetiva muchos de los argumentos sobre los cuales, el liberalismo más obtuso, monta su escenario predilecto: la polarización difusa, alimentando una grieta de fronteras aparentemente borrosas, poco definidas, pero altamente funcionales a sus objetivos políticos. 

La guerra de todos contra todos

La fantasía argumentativa de Thomas Hobbes, es alimentada desde las usinas de pensamiento del sistema. Agitan el caos, y en esa movida, se rozan banderas de polos opuestos: “la Pandemia es el Estado”, argumentan por izquierda, quienes, al mismo tiempo, se sentirían ofendidos al saber que Espert está absolutamente de acuerdo con esa premisa.

En medio de una pandemia como la que atravesamos, poner el foco en atacar al Estado, es combatir (aunque sea indirectamente) las políticas públicas de contención e inclusión, que más allá de sus límites y falencias, hoy son esenciales para el resguardo de la salud y la vida de millones de habitantes de este suelo.

Al mismo tiempo, desde el escepticismo o el odio de clase, clausuran toda posibilidad de debate y lucha por su ampliación, y gran parte de los sectores populares se ven inmersos en una guerra por sobrevivir, donde se convierten en monstruos falsos enemigos: el vecino que no cumple la cuarentena, y el que tiene el privilegio de clase de poder hacerlo, se vuelven actores antagónicos de una población convulsionada, plagada de angustias y atemorizada ante la posibilidad de un desborde del sistema sanitario.

Otros sectores, masivos y en auge, directamente ya pasaron a violar sistemáticamente el aislamiento obligatorio, de forma abierta y auto-justificada, ya sea porque amplios sectores de la producción no pararon ni un día, por hartazgo, por desgaste o asimilación de ideas a partir del gigantezco lobby discursivo a favor de la liberalización de nuestras conductas.

La justificación liberal del abandono

El juego oficial, al menos en Jujuy, es muy claro: el “dejar hacer” es la receta favorita del liberalismo, que ha demostrado, una vez más, lo que sucede en la práctica: si se abren actividades, la gente sale. Necesita hacerlo, obligados por la situación quienes trabajan, por la necesidad de consumo quienes no, porque somos seres irremediablemente sociales, por lo cual resulta ser una falacia la propuesta de “cuarentena liberada con responsabilidad social”, debido a que no habiendo responsabilidad política ni empresarial, menos todavía se puede exigir cumplimiento de normativa alguna a la población, y de esa forma la responsabilidad política se disgrega e invisibiliza en una atomización de culpas muy funcional al status quo.

¿Libertad o libertades?

“Seamos libres que lo demás no importa nada”, era la acertada proclama político-ideológica que San Martín impulsó para movilizar la insurrección popular y sus proezas militares durante el proceso de independencia que encabezó en estas tierras, junto a próceres de la talla de Belgrano, Moreno y Castelli: un proyecto claramente colectivo y en favor de las clases oprimidas de la época.

Usándola de forma canallezca, el sector oligárquico más abiertamente liberal de las clases dominantes de nuestro país, hoy pervierte la consiga poniéndola al servicio de sus propios intereses sectoriales, realizando el mismo procedimiento espurio que intentaron meses atrás, en defensa de la estafa histórica de Vincentín.

Refuerzan la dependencia y sus privilegios a partir de preservar las asimetrías de clase y el abismo cotidiano de la injusticia social, porque sus libertades y las nuestras no son las mismas: ¿qué libertad de elección tiene una nena de 12 años obligada a ser madre? ¿Cuál es la libertad de un pibe preso del consumo de Paco y arrojado a la criminalidad? ¿Qué libertad puede presumir un joven de Rappi condenado a pedalear hasta 12 horas al día para juntar lo mínimo para sobrevivir al hambre?

Es muy fácil enarbolar la bandera de “la libertad individual”, cómodamente parado sobre una montaña de libertades ajenas pisoteadas. La libertad humana no es un problema individual, sino profundamente colectivo: “un ser humano vale por toda la humanidad”, afirmaba el existencialista Jean Paul Sartre, y mientras haya un solo ser humano oprimido en el mundo, nosotros mismos lo estamos como especie. Al decir de Marx: sólo en una sociedad sin clases, podremos empezar a escribir la historia del hombre (y las mujeres) libres.

Toda disputa de sentidos es una disputa de clases

Estamos inmersos en un largo camino de liberación, que no inició, claramente, con la derrota de Macri en las urnas, y que se expresa no sólo a nivel cultural, sino también hacia las profundidades del andamiaje social, por lo que se vuelve necesario rastrear las rupturas y continuidades a nivel estructural, entre diferentes gobiernos y sus discursos.

“Toda idea lleva un sello de clase”, afirmaba el prestigioso intelectual y catedrático Claudio Spiguel, y puesto que la lucha de clases “está también en el signo” (como ya lo argumentó sobradamente la lingüística rusa), en tiempos de aislamiento físico y virtualidad acrecentada, se vuelven doblemente importantes las batallas por el sentido de símbolos, signos y conceptos, que suele ser utilizados tácticamente por las clases dominantes para invertir su carga, sobre todo en el caso de abstracciones tales como “bandera”, “patria”, “democracia”, “corrupción”, “libertad”, “inclusión social”, etc.

es imposible realizar tal empresa de forma eficiente, si dicho análisis no se realiza integrándolo, a su vez, con un conocimiento profundo, científico y sincero de los fenómenos económicos, la caracterización compleja y precisa de los actores y/o bloques locales en disputa, en un marco internacional de agudos enfrentamientos por nuestros recursos. Estas batallas y abordajes colectivos, son esenciales para encontrar el rumbo político más acertado para el avance del campo popular en reivindicaciones, derechos y libertades.

Las otras voces detrás de las voces hegemónicas

Sin lugar a dudas, fue Cambiemos quien logró capitalizar la hegemonía política de la marcha del 17A, no sólo desde su rol de gestor principal, sino por la amplia cobertura que sus dirigentes recibieron como protagonistas de la misma, centralizado el hecho en la figura de Patricia Bullrich y su archidifundida imagen dentro de su vehículo, saludando gendarmes y gente presente en el lugar.

Aunque no contó con un protagonismo popular masivo, esta manifestación constituye un hecho político a no subestimar, porque, aunque el amarillo se destacaba, su expresión no fue homogénea en cuanto al colorido político, su composición de clase ni en sus consignas: en la confusión, toda derecha avanza, y el liberalismo como expresión de ella, no es la excepción.

Esas otras voces disidentes y sus reclamos, con razones justificadas, objetivamente afectadas por la pandemia en general y la medida de la cuarentena en particular, no pueden ser “dejadas a la deriva”, “bastardeadas” o “ignoradas”: si no son abordadas con una discusión política de precisión quirúrgica y medidas concretas que respondan a sus demandas, esa confusión generalizada, en las urnas y las calles, será ganancia de pescadores.

No es la crítica, sino el silencio, quién más le hace el juego a la derecha: en la Argentina, la frazada sigue siendo corta, y si no la ampliamos pronto, quienes se queden afuera estarán al abrigo de una oposición peligrosa y hábil, capaz de construir en seis meses un candidato que restituya, nuevamente, a ese sector oligárquico en la Casa Rosada.

La juventud como botín de guerra

El giro de la política hacia Tik-tok, Instagram, la adaptación de los lenguajes y la crispación como instrumento de propaganda (entre otras señas) marcan un claro giro del “target” del discurso político actual: la juventud. Este sector social, con caudal de voto y capacidad de protagonismo directo de la disputa política, hoy es el botín de guerra predilecto de estos sectores que le hablan a un electorado de forma “lavada”, con declamaciones generales carentes de fundamentación social y científica, más ancladas en el “coaching publicitario” que en el debate político profundo.

Promueven la xenofobia, el individualismo, la meritocracia, y teorías varias del “enemigo interno”, y usando la despolitización como arma política predilecta, se presentan como opciones “novedosas”, “outsiders”, en un terreno que conocen muy bien, y en el que cuentan con gran apoyo mediático de los principales multimedios del país. Sus principales enemigos discursivos: el peronismo, el Estado, el sindicalismo, los derechos sociales, los Derechos Humanos, las experiencias colectivas, los fenómenos asociados a lo popular, el comunismo y la figura del Che Guevara.

La salida es colectiva

La disgregación y el aislamiento, producidos por la interrupción abrupta del marco social en que cotidianamente desplegamos y forjamos nuestra subjetividad, genera un angustiante caldo de cultivo, ideal para que germinen en nosotros los aspectos ideológicos y rasgos identitarios más individualistas, junto a las ideas más egoístas que forman parte de nuestro imaginario social. Pero así cómo se degenera el pensamiento de un ser humano, tornándose reaccionario cuando se aleja o desliga de la discusión y la práctica colectiva, también éste se fortalece en las situaciones en que puede expresar su solidaridad y poder transformador de la realidad.

La dinámica ideológica, hallándose en transformación constante, encuentra en la organización popular colectiva y el protagonismo activo de la vida cotidiana, un espacio de contención y desarrollo que actualmente se expresa en el despliegue territorial de las organizaciones sociales, comités barriales, ferias campesinas y otras expresiones populares, que tejen redes en las que la población va, paulatinamente,  resolviendo sus necesidades y tomando conciencia de su potencialidad social, y sirven, posteriormente, de base para la pelea y obtención de otros derechos a futuro.

Es por ello que allí anida el mayor temor de todos los sectores de las clases dominantes: no es la libertad, sino la pérdida de sus privilegios, lo que los conmueve.

*Juan Pablo Alba es docente, periodista y escritor, integrante de la Asociación de Filosofía y Liberación. Trabaja en la Universidad Nacional de Jujuy, en institutos terciarios y es Secretario de Comunicación y Difusión de la CTA Autónoma provincial.

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