*Por Mariano Vergara
En marzo del mes pasado comenzó la gira Ecos de Soda Stereo, show que tiene la particularidad de presentar un holograma de Gustavo Cerati, guitarra, voz y estrella de la icónica banda. Esta nueva forma de espectáculo trajo consigo la polémica sobre las nuevas experiencias posibles con el uso de la inteligencia artificial.
Busco calor en esa imagen de video dice la letra de la canción Nada personal, tema de la banda argentina de rock Soda Stereo. Este tema se cantó en la gira denominada Ecos, show que tiene como dato relevante la utilización de un holograma del fallecido Gustavo Cerati. También paradójicamente se realizó este show en la ciudad de Mar del Plata el pasado viernes santo, sin quedar del todo que este hecho marque la resurrección de la banda o el rotundo fin del arte como lo conocemos.
El novedoso espectáculo tuvo distintos posicionamientos que van desde los planteos éticos vinculados a la utilización de la imagen del músico para recrearlo post mortem hasta la discusión sobre los límites de la inteligencia artificial y la posibilidad de distinguir qué es real y qué no.
Entre los espectadores del show también hubo distintas apreciaciones. Muchos calificaron el show de aburrido, sin gracia y hasta algo insultante. Probablemente la tecnología no permita aún lograr lo que muchos fueron a ver: un Cerati que no sea simplemente la recreación de su imagen y voz, sino un nuevo Cerati. Alguien que verdaderamente esté ahí y actúe como tal. No un ente, sino un ser.
Si bien hubo cuestionamientos a la banda y a los portadores de los derechos de la imagen del músico fallecido por su ánimo de lucro, no hay que dejar de marcar que el público respondió asistiendo al evento pese al elevado costo de la entrada. En esta etapa del capitalismo en la que vivimos entendemos que los planteos éticos siempre corren por detrás de quienes desean aumentar sus ganancias. Entonces, el debate tiene que residir en la existencia o no de nuestra libertad de consumo.
En este contexto, pensemos en problemas similares, como el fallo judicial reciente que estableció que determinadas redes sociales generan adicción. Nuestros consumos dejan de ser una forma de disfrute para convertirse en una necesidad, una forma de pertenencia o el hoy en día llamado fomo, definido como la ansiedad y el miedo a perderse de algo. La gira Ecos de Soda Stereo apunta justamente a eso. Siendo imposible volver a presenciar un recital de la banda con sus integrantes originales, la tecnología pretender romper la barrera del tiempo y traernos un consumo que no pudimos vivenciar en su momento.
El arte y el autor
Pero este problema no es nuevo. Walter Benjamin planteaba, hace ya casi cien años, que la reproducción en masas a partir de recursos tecnológicos ocasionaba la pérdida del aura del objeto artístico. El arte se deshumaniza, se separa de su fundamento cultural. Sin embargo, la reproducción tecnológica posibilitó que la obra y el autor permanezcan ligados de forma estrecha aún después de la muerte de este último. Actualmente, no podemos ver la gestualidad de Shakespeare al interpretar sus obras, pero sí conocemos el rostro de Cerati cantando “Té para tres”.
El problema de este nuevo método de reproducción es que no hay un autor atrás de una obra. Pensemos en el simple hecho de leer una novela. Podemos, de alguna manera, reírnos con el Quijote en complicidad con Cervantes. Aunque el autor de este libro lleve muerto varios siglos, reconocemos en ese hecho al individuo en esa obra. El autor no está, pero estuvo, sigue presente en su texto. El libro, la tecnología, permite la existencia de una huella, del rastro autoral. La recreación holográfica de Cerati no hay presencia autoral: nunca estuvo. Lo que vemos es algo nuevo hecho con partes, como el monstruo de Frankenstein. Puede que eso es lo que despierte decepción e indignación en el público: lejos de sentir la presencia del músico, el holograma nos da un doble sentimiento de ausencia.
Un arte sin autor
La gira Ecos de Soda Stereo puede ser simplemente anecdótica pero pone de manifiesto vertiginosos cambios sociales y, como novedad, una nueva forma de sensibilidad: la posibilidad de sentir el placer en el arte, aún en ausencia del individuo que lo ejecuta. Cuando nos preguntamos si es posible escribir una gran novela utilizando inteligencia artificial, rara vez ponemos en consideración nuestro interés por consumir algo que no fue concretado por la experiencia humana. Para borrar lo humano del arte no basta con la tecnología: se requiere de formas de consumo simples y mediatas y, para eso, de una sociedad diseñada y educada para tal fin.
Estas experiencias con las nuevas tecnologías están ligadas, irremediablemente, a los consumos por necesidad y no por placer. La alienación en el arte se encuentra en una nueva etapa cuya complejidad requiere de estudios profundos y nuevos consensos sociales. Hoy más que nunca, discernir el placer artístico del estímulo fisiológico es una herramienta fundamental para no retroceder frente las nuevas formas de sometimiento cultural.
