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Cuando ni la campana te salva: la violencia entre adolescentes en el ámbito escolar

Por Agustín Moisano

En los últimos meses, las escenas de violencia en la escuela han ganado lugar en los medios de comunicación, atraídos por un morbo que conjuga adolescentes, golpes, política educativa e intereses políticos partidarios.  Se mantiene en la agenda pública más por incapacidad de negarla y ocultarla que por debate serio, que sería deseable que se desarrolle.

La muerte de un adolescente por el disparo de otro, en una escuela en la localidad de San Cristóbal (Santa Fe) agrega un inquietante capítulo, más triste y doloroso, a las crónicas diarias de violencia en el ámbito escolar, en nuestro país.

Juventud en peligro

“Los niños pobres son los que más sufren la contradicción entre una cultura que manda a consumir y una realidad que lo prohíbe”
Eduardo Galeano

El último informe publicado por el Indec[1] (Marzo 2026) establece que durante el segundo semestre del 2025 el 45 % de lxs adolescentes de nuestro país son pobres, de los cuales el 11,4% son indigentes. Si agregamos que la escuela secundaria, por Ley (desde el 2006), es obligatoria y que para el 2022 la tasa de matrícula neta en la secundaria era del 94% podemos concluir que la mitad de lxs estudiantes adolescentes de nivel secundario pertenecen a hogares pobres. Dicho en otras palabras, los ingresos de esos hogares no tienen capacidad de satisfacer las necesidades alimentarias y no alimentarias  (vestimenta, transporte, educación, salud, etc.) consideradas esenciales. Una salvedad, la mayoría de lxs niñxs y adolescentes pobres asisten a escuelas de gestión estatal.

Esta situación hace que estén expuesto a una serie de condicionamientos biológicos y sociales que impactan de manera negativa en su desarrollo: inseguridad alimentaria, desnutrición o malnutrición menor acceso a servicios de salud; altos niveles de estrés, ansiedad y problemas de salud mental derivados de la presión económica familiar; mayor exposición a la violencia, aumento de la prostitución, trabajo infantil y riesgos de consumo de sustancias; vivienda precaria y falta de acceso a servicios básicos,  afecta la calidad de vida y salud. Estos condicionantes repercuten en el rendimiento académico lo mismo que en la asistencia a la escuela, llevando al abandono y  la deserción escolar,  vinculados al cuidado familiar, el trabajo, etc.

Más ansiedad que esperanza

"La dependencia tecnológica es peligrosa: si olvidamos cómo hacer las cosas por nosotros mismos, nos volvemos vulnerables."
Isaac Asimov

Aparece algo nuevo en este cuadro. El impacto de las tecnologías y los entornos virtuales. La exitosa serie “Adolescencia” o el documental “Cómo ser feliz”  de Ofelia Fernández (ambas del 2025) tomaron nota del proceso de influencia de las redes en la vida de lxs adolescentes. En el ámbito escolar también se manifiesta con preocupante claridad.

En las aulas, pero también en los espacios comunes como galerías, patios, etc., la atención se ve afectada tanto por el uso de algún tipo de dispositivo, principalmente teléfonos celulares, con la intención de jugar on line o interactuar en redes sociales lo que deja menor tiempo de actividad física, menor interés por la socialización cara a cara y mayor riesgo de ciberacoso[2] o bullyng.

 A pesar de las constantes recomendaciones sobre la exposición a pantallas por parte de niñxs y adolescentes, la sobrestimulación digital en los adolescentes es un fenómeno que no pareciera parar de crecer. Las redes sociales (en especial Instagram y Tik Tok)  afectan particularmente la autoestima y el estado de ánimo de alguien que está conformando su personalidad. Además de fomentar la comparación constante de logros, apariencias y popularidad tiene un efecto directo sobre la ansiedad, la inseguridad, la insatisfacción, la intolerancia y afecta la percepción de sí mismos. Ni que decir que son los mismos adolescentes los que lo definen como el vicio o viciar al hecho de estar largas horas del día (y sobre todo la noche) a la exposición a las pantallas, interpretando el uso excesivo de las redes sociales como una acción adictiva[3].

El impacto sobre la concentración, la memoria y la capacidad de tomar decisiones tiene un efecto directo en el rendimiento escolar y la salud mental[4]. En este sentido, comienza a desarrollarse alteraciones en la regulación de emociones, como el miedo y la ansiedad; afecta el aprendizaje y la memoria, perturbando la configuración de la personalidad y la percepción del mundo de los adolescentes a lo que se le debe sumar las redes sociales como entornos virtuales donde la violencia (videos, amenazas, bullyng) es una constante.

La escuela ya no libera, sino que contiene.

“No tiene sentido prohibir las tecnologías, hay que encontrar razones deseables que nos motiven a no depender de ellas”.
Miguel Benasayag

La conjunción de precarización de la vida de lxs adolescentes y los efectos de las tecnologías que afectan directamente las subjetividades de los mismos, dejan un campo fértil para padecimientos mentales que no los definen pero que sí describen un estado en el que intervienen múltiples dimensiones en un momento determinado. Si entendemos la salud mental como un proceso complejo, dinámico e integral, en el que intervienen condiciones sociales y económicas, el entorno físico y los estilos de vida individuales, observamos con preocupación que no se estarían dando las condiciones para que haya un desarrollo óptimo en los adolescentes que asisten a nuestras escuelas.

Ya hemos precisado en otro momento el empeoramiento de las condiciones de vida, el achicamiento presupuestario y de políticas en áreas que garanticen salud, seguridad, educación, cultura y deporte, entre otras[5]; hoy tiene particular incidencia en el aumento de lo que denominamos deshumanización de nuestras adolescencias. Se imponen discursos y prácticas basadas en estereotipos negativos, prejuicios, lenguaje ofensivo, etiquetado y exclusión, todo ello amplificado por un conjunto de dispositivos y redes sociales que, al alcance de todxs, reproducen a la velocidad de un clic comportamientos crueles, de indiferencia ante el sufrimiento ajeno y de justificación de la injusticia.

 La escuela se transforma en un escenario donde la construcción de consensos basada en el diálogo choca con la realidad de una adolescencia enredada en las penurias sociales y el malestar digital del  mundo contemporáneo. El desprestigio expresado en el desfinanciamiento estatal y el abandono de su tarea específica real, se le agrega que pierde su condición de territorio de paz para convertirse en un espacio donde la reproducción de entornos y relaciones violentas se acrecientan.

La normativa que la regula contrasta con un quehacer cotidiano marcado por el desinterés de quienes asisten a ella, nuevas subjetividades juveniles que no caben en el marco de las prácticas que allí se tratan de imponer. La incertidumbre en el porvenir de esas mismas juventudes, desvalorizan aún más a una escuela que ya no puede hacer frente a las demandas sociales y políticas urgentes.

Los ganadores de la violencia

 El empeoramiento de las condiciones de vida de lxs adolescentes sumado al impacto que tienen el desarrollo de las tecnologías digitales y las redes tienen como efecto el aumento de padecimientos de salud mental que es externalizado por medio de acciones violentas.

Estas acciones violentas en el ámbito escolar son parte de un proceso continuo, de larga data, pero que creció exponencialmente desde la post pandemia del Covid 19 a esta parte y, particularmente, desde mediados del año 2025. Las vacaciones escolares de verano fueron solo una pausa obligatoria pero que de ningún modo desaceleraron la conflictividad intraescolar entre estudiantes.

Por otra parte, vemos con preocupación cómo un fenómeno que estaba restringido mayormente a los grandes centros urbanos, ahora también se manifiesta con mayor asiduidad y gravedad en espacios que no eran tan comunes o posibles de que haya registro de esta conflictividad ascendente. La violencia en las escuelas por parte de adolescentes expresa la deshumanización de las relaciones entre sí, en un contexto de precarización de la vida, con su  consecuente pérdida y desvalorización de derechos, y amplificada por el uso de tecnologías y redes sociales a una velocidad nunca vista.

   Decía Eduardo Galeano hace algunos años que “la violencia engendra violencia, pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo”. Quedaría por seguir pensando a partir de los elementos aportados en este breve texto, quiénes son los acaparadores de la ganancia producida por de violencia juvenil, y en ese sentido, quien lo perpetua o, por lo menos, deciden no aplicar medidas para erradicarla.


[1]https://view.officeapps.live.com/op/view.aspx?src=https%3A%2F%2Fwww.indec.gob.ar%2Fftp%2Fcuadros%2Fsociedad%2Fcuadros_informe_pobreza_03_26.xls&wdOrigin=BROWSELINK

[2] chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://static.aeped.es/impacto_de_los_dispositivos_digitales_en_el_sistema_educativo_cps_1_f67ec1b843.pdf

[3] https://www.educ.ar/recursos/159111/adolescentes-permanencia-en-pantallas-y-bienestar-digital

[4] La Ley Nacional N.º 26.65710 en su art. 3 define a la salud mental como “un proceso determinado por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”.

[5] https://revistalanzallamas.com.ar/violencia-escolar-del-te-espero-a-la-salida-al-no-odiamos-lo-suficiente/ y https://revistalanzallamas.com.ar/el-proyecto-educativo-libertario/#comments

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